Salir a la calle en bragas: la moda que llega a la alfombra roja
La escena que encendió la mecha: alfombra roja, una cantante embarazada y un conjunto que deja a la vista más piel que tela. Con esa imagen, la ropa interior terminó de saltar del dormitorio a la calle como prenda exterior, sin capas y sin disimulo. La tendencia llevaba temporadas filtrándose desde la pasarela, pero ha sido el escaparate de las famosas el que la ha colocado en el centro de la conversación pública: ya no se discute si es bonita, sino qué dice del mercado, de la economía y de la frontera entre exhibirse y que te miren. Ahí empieza el lío.
De la pasarela a la acera: cómo se instaló la ropa interior como atuendo
El recorrido tiene memoria. Se recuerda una turista con un simple
tapacoños sentada en un banco céntrico hace casi una década, cuando aquello todavía se leía como excentricidad de guiri y no como anticipo de temporada. La progresión desde entonces ha sido constante: primero el conjunto entero de braga y sujetador como conjunto de fiesta, después la versión recortada a la mínima expresión y, en la temporada siguiente, el salto del tanga a la calle con el argumento de que
ya no queda nada que enseñar que no se hubiera enseñado antes.
El sector más escéptico con la novedad echa mano de un precedente incómodo: los leggins. Se anunció que serían una moda pasajera, que no aguantarían un invierno, y ahí siguen, integrados en el armario hasta el punto de que
no se los quitan ni para mear. Con la ropa interior pasa lo mismo: cada temporada que se mantiene deja menos margen a la teoría de que es un fogonazo de verano.
Rihanna, la ex de Cristiano y la ex de Bustamante: la alfombra roja como escaparate
La foto que ha dado la vuelta es la de
Rihanna embarazada, y con ella el asunto dejó de ser una discusión sobre escotes para convertirse en una cuestión de visibilidad. A la cantante se le han sumado otras caras conocidas en el mismo registro: la ex de Cristiano Ronaldo y la ex de Bustamante aparecen señaladas como incorporaciones a la tendencia, lo que traslada el mensaje de que esto ya no es cosa de una alfombra roja concreta, sino de un circuito completo de presentaciones, estrenos y photocalls.
La consecuencia es la de siempre en el negocio de la imagen: lo que hace una estrella lo copia el escaparate y lo acaba llevando la calle. Y en la calle, la reacción se parte en dos. Una parte lo lee como libertad y como una forma más de usar el cuerpo; otra lo describe abiertamente como vulgaridad, chabacano y
chonismo, y sostiene que se está perdiendo algo tan poco cuantificable como la elegancia. La comparación que se repite es la del cine clásico de los años veinte: bellezas de otra época frente a lo que ahora se ve, con la pregunta de fondo de si eso era clase o era otra cosa.
¿Por qué se relaciona la recesión con llevar menos ropa?
Porque circula una lectura que asocia cada bache económico con una prenda más corta, y lo hace sin ningún dato que la respalde. La formulación más citada sostiene que cuando la economía afloja se vende más pintalabios rojo y que cuando entra en recesión la ropa se acorta; de ahí al escenario extremo, el que dice que en crisis graves se abre directamente el grifo, hay solo un salto retórico que nadie ha medido.
Con el mismo aire profético se ha recuperado la predicción que situaba en
2030 la salida a la calle directamente sin ropa, hoy revisitada como un plazo que se queda corto. Son ejercicios de bola de cristal, no series estadísticas, y conviene tratarlos como lo que son: ocurrencias con gancho.
El negocio de la atención: vender imagen cuando el mercado aprieta
La explicación con más recorrido entre quienes defienden que esto no es una moda sino otra cosa es puramente económica. Si la imagen es el activo, lo lógico es rentabilizarla antes de que se deprecie. Se argumenta que la tecnología está empujando el suelo del mercado del deseo —robots cada vez más realistas, contenidos generados automáticamente— y que eso obliga a exprimir ahora el valor de lo presencial. El cálculo que se maneja en esa línea es catastrófico y de largo plazo: casi
100 años para una inteligencia artificial que se pueda llamar digna, unos 200 para muñecos realistas de verdad y 300 si se quiere el acabado de una película. Tres siglos, cuatro o cinco generaciones, se dice, no son nada.
La otra tesis que circula es más política y bastante más conspirativa: la de que la llamada liberación sexual se ejecutó por fases, sacando a la mujer de su rol tradicional, empujándola a competir en el mismo terreno que el varón y dejando el control moral en el aire. No hay evidencia que sostenga el relato, pero da un marco cómodo a quien quiere explicar la caída de la natalidad con una sola causa.
Vulgaridad, libertad y el conflicto de la mirada ajena
El punto donde el asunto se vuelve incómodo es la mirada. Una parte del público lo tiene claro: quien se pone eso lo hace para que se lo miren, y el reproche llega después. Hay quien describe la contradicción sin adornos —salir así y ofenderse cuando alguien mira— y hay quien responde que vestir como apetezca no autoriza a nadie a nada. En medio quedan los comentarios que piden directamente que se cubran, con el frío como excusa y con el clásico
tápese, señora por bandera.
Y luego está el argumento de la igualdad mal entendida: si no se puede ir sin camiseta, tampoco debería poder irse en ropa interior. Es la pelea de siempre, la que mezcla el derecho a vestir con la queja por el trato desigual, y ninguna de las dos partes se mueve.
El cálculo de si esto tiene fecha de caducidad o ha venido para quedarse se atasca siempre en el mismo punto: nadie sabe cuántas lo hacen por convicción y cuántas por el minuto de atención. Mientras no haya respuesta, la próxima temporada llegará con menos tela todavía.