Llega el «apartabraga»: sexo con ropa que no cuenta como infidelidad
Una relación puede sobrevivir —y hasta reforzarse— si el sexo se practica con la ropa puesta, sin besos y sin que la piel llegue a tocarse. Ese es el axioma que sostiene el «apartabraga», una supuesta costumbre que circula como importada de Sudamérica y que promete lo imposible: sostener la monogamia sin renunciar al deseo ajeno. Suena a boutade. Se discute con reglamento en mano.
¿Qué es el «apartabraga» y dónde está la frontera de la infidelidad?
Se describe como una modalidad de sexo con la ropa puesta, a menudo rápida, en la que la prenda interior se retira hacia un lado para permitir la penetración sin desnudarse. La versión que circula fija fronteras con ejemplos: una esposa con
tres hijos que comete infidelidad en el baño de un restaurante porque hubo tacto íntimo de más; una mujer sentada sobre el lavabo de un pub cuyo encuentro sería legítimo salvo por un detalle, la ausencia de preservativo.
Ahí está el nudo. Lo que se juega no es la mecánica, sino la contabilidad del engaño: qué roce cuenta, qué prenda salva la papeleta y en qué punto el contacto deja de ser tolerado. Quien practica con tanga, se argumenta, cruza la raya; con una braga tipo
culotte que cubre el culo, el asunto seguiría dentro del margen.
Las reglas no escritas: preservativo sí, piel con piel no
El supuesto manual es minucioso. El preservativo es obligatorio y no cabe retirarlo bajo ninguna circunstancia; eyacular sobre cualquier parte del cuerpo de la mujer equivale, a estos efectos, al propio pene, de modo que la operación se da por fallida. La recomendación técnica es apartar la prenda a un lado, nunca bajarla. Subir la camiseta o rozar el torso queda fuera de norma. En la playa, solo bañador, nunca bikini, y siempre guardando el pecho.
Hay un caso que en la conversación se cita como muestra de autocontrol: una mujer que, en pleno arrebato, se bajó el escote y se detuvo a tiempo, agradecida de que la otra parte no siguiera. La etiqueta, resumida en una frase que se cita, es tajante:
si no es quirúrgico y desapasionado, no es un apartabraga.
De la «mirada decolonial» a la ventana de Overton
La defensa del invento tiene capas. Una corriente lo presenta como un aporte cultural importado que vendría a paliar la sangría de divorcios y a rebajar los celos. Otra lo atribuye a una mezcla concreta —se menciona una matriz cultural y una represión religiosa selectiva— desde una supuesta mirada decolonial que invita a adoptarlo «enriqueciendo» el país.
En el debate se apela al argumento de la ventana de Overton: la idea de que lo hoy impensable se vuelve paisaje en un par de décadas, y que dentro de
veinte años nadie se escandalizaría al oír que una pareja va bien porque uno de los dos recurre a esta práctica. Como curiosidad histórica se rescata que en matrimonios muy católicos se interponía una sábana con un agujero entre los cónyuges: en pelotas era fornicio, así parecía no serlo. Trampas de conciencia, al parecer, ha habido siempre.
Cuernos son cuernos: la recepción del invento
El rechazo es tan variado como la defensa. Una parte lo despacha sin matices —
cuernos son cuernos, los vista como los vista— y recuerda que se está hablando del principal, no de un rincón de sociología. Otra sostiene que no hay nada nuevo bajo el sol: sería el viejo arte de arrimar el cuerpo con la ropa por medio, rebautizado con más morbo que sustancia. Un tercer grupo directamente niega que la costumbre exista fuera del chiste.
Hay incluso quien le pone un marco económico al asunto, señalando el despliegue de recursos —tiempo, dinero, logística— que el ser humano moviliza alrededor del sexo. Y quien avisa de que existe versión masculina: suspensorio, prenda retirada justo lo necesario y nada de manosear. La conclusión de muchos es que, más que una revolución erótica, esto es
puritita sociología.
Qué esperar de un invento sin fuente verificada
Ninguna de las reglas descritas cuenta con respaldo documental. No hay registro oficial, estudio ni dato que confirme que la práctica se haya extendido ni que haya roto parejas como se afirma. Lo que hay es un relato que se autoconsagra a fuerza de repetirse, con temporada alta en verano, cuando el calor y las terrazas sirven de escenario imaginario.
Puede que todo quede en una ocurrencia de temporada que se olvide en septiembre. Puede, y eso es más incómodo, que dentro de unos años alguien lo recuerde como el momento en que empezó a parecer razonable discutir cuántos centímetros de piel caben dentro de una relación.