Un participante sostiene que llamar «latino» a un mexicano o a un venezolano borra sus identidades nacionales
El término «latino» no describe nada. Es un cajón de sastre que mete en el mismo saco a un amerindio puro, a un mestizo, a un mulato y a un blanco, solo porque hablan la misma lengua. Así lo plantea el mensaje que abre esta discusión, y la tesis se sostiene sobre un dato incómodo: quien se identifica como latino antes que como mexicano, venezolano o argentino renuncia, según este participante, a su identidad nacional y también a la continental. Porque americanos somos todos los nacidos en América, no solo los de un país que se ha apropiado del nombre.
La discusión se abre con una afirmación tajante: la latinidad aplicada a América es una etiqueta exógena, ideada fuera del continente y ajena a quienes la reciben. El cuerpo del debate la matiza, la refuerza y la lleva a terrenos donde el término se vuelve directamente inservible.
De dónde sale el término «latino» y a quién beneficia
El origen es francés. Antes se decía hispanos, pero a Francia no le gustaba la palabra y se inventó lo de latinos, según una de las primeras intervenciones del debate. La explicación histórica que se da es que Francia fue la gran perdedora de la América colonial: conserva la Guayana y unas islas insignificantes en el Caribe, y lo único de valor que tuvo —Canadá, Santo Domingo y la Luisiana— lo perdió.
Hay quien va más lejos y sostiene que el término es una operación para despreciar la herencia cultural del imperio romano y, de paso, la influencia española en América. La palabra «latinoamericano» sería un totum revolutum que no designa nada: ¿latino es un español? ¿Un italiano? ¿Un rumano? ¿Un francés? Al disipar la autoría, nadie pierde nada. Excepto quien hizo el trabajo.
La consecuencia práctica es que el término ha mutado de categoría. De ser cultural en su origen, se ha convertido en racial: los latinos son una raza, dicen. Y en el colmo del absurdo, puede ser latino alguien que no habla español ni lengua romance alguna, de donde se supone que le vendría su latinidad.
¿Es lo mismo un mexicano que un venezolano?
No, y la discusión se encona justo aquí. Un mexicano lo tiene claro: ni los haitianos, ni los venezolanos, ni los brasileños son de su grupo étnico. Y añade que México no tiene la cultura caribeña que sí tiene Venezuela. La respuesta desde el otro lado es que un venezolano y un mexicano son esencialmente la misma cultura, con diferencias cosméticas como las que hay entre un alemán y un austriaco.
El contraargumento se apoya en lo material: los acentos de la zona se parecen, los defectos son los mismos, el modo de vida también. El resto sería ciencia ficción, como cuando los del pueblo de Villaalto creen ser mejores que los de Villaabajo, que está pegado al anterior.
Frente a eso, la defensa de la diferencia se apoya en la geografía y el clima. La mayor parte de México está en la zona neártica, no en la sudamericana, y se asienta sobre la placa tectónica de Norteamérica. Mientras en Sudamérica es verano, en México es invierno. México y Arabia Saudí están a latitudes semejantes. No somos sureños, zanjan.
El mapa que no cuadra: Australia no está en el norte
La división norte-sur del continente americano se cae por su propio peso cuando se examina. La línea que separa ambos hemisferios no se puede tomar en serio como criterio geográfico: Australia no está ni de lejos en el norte, y Turquía aparece colocada en el sur pese a estar a la misma latitud que la península ibérica y buena parte de Italia.
El propio nombre de Sudamérica delata el problema: dice claramente que está en el sur, igual que Australia es conocida como Down Under. La categorización arrastra un sesgo de origen: la costumbre de oír «América» asociado en exclusiva a un solo país condiciona la psique hasta meter a todos los demás en un cajón de sastre, acuñando el término Sudamérica sin distinción ninguna y olvidando Centroamérica por el camino.
«Latino» como ladrón de identidades nacionales
La tesis central del planteamiento inicial es que la latinidad americana es una ladrona de identidades nacionales. Un nombre globalista que borra patrias, fronteras, culturas e identidades, y arroja a millones de personas a un saco donde se forma un batiburrillo cuyos componentes originales son difíciles de distinguir.
Quien defiende esta posición asegura tener un sentido de identidad nacional lo bastante fuerte para sostenerse por sí mismo, y no necesitar que se mezcle con ningún otro. Al mezclarlo, se perdería: ya no sería identidad propia, sino híbrida o bastarda. Y remata: quien se identifica como latino en lugar de con su nacionalidad correspondiente es un apátrida, un antinacionalista.
El diagnóstico se extiende a España. La misma enfermedad es compartida por toda la Hispanidad: se nos educa en que España es un colgajo en la periferia de Europa, y lo que ocurre al otro lado del Estrecho o del Atlántico no existe, como si fuera Marte o Venus. No reconocemos ni las fronteras de nuestro propio cuerpo.
«Americanos» somos todos, no solo unos pocos
El nombre del país vecino lo dice todo: Estados Unidos de América significa que esos estados están en América o pertenecen a América, pero no que sean América. Ser de América no es lo mismo que ser América. Hace doscientos años o más, los habitantes del continente se llamaban americanos, antes de que el nombre quedara monopolizado.
El detalle lingüístico que se señala es que ni siquiera existe un gentilicio propio en inglés para los estadounidenses: se llaman a sí mismos «americans», como si en América no hubiera más países. Y el término «caucásico» sufre la misma prostitución: significa originario del Cáucaso, pero se usa como si no existieran diferentes tipos de europeos.
La conclusión de este bloque es que la latinidad, de ser cultural en origen, acabó convertida en una categoría racial inventada. Un dato curioso que se cuela en la discusión: a Porfirio Díaz lo representan como blanco pese a su origen mixteco y a sus rasgos amerindios más que notables.
Qué se juega España en esta discusión
El debate deriva hacia el papel de España. Una parte sostiene que no se comparte nada salvo el idioma, y que el devenir histórico común se terminó con las independencias en masa. Un sudamericano no tendría nada que ver con un español de a pie, salvo los nacidos de parejas mixtas. Y avisa: si no se tiene cuidado, el acento peninsular será sustituido.
La réplica es que no se comparte solo el idioma, sino el devenir histórico, que pasa como una apisonadora sobre la opinión, el conocimiento o la conciencia. Se comparten problemas y soluciones, y la distancia es irrelevante: la Edad Media islámica hacía frontera con territorio español. La misma enfermedad, otra vez.
Sobre el futuro de esos países, la posición más pesimista es que no hay vuelta atrás porque el nacimiento de estas nociones se sustenta sobre fundamentos contrarios a España, y cualquier intento de reunificación terminaría mal. La solución que se augura es que estos países sigan entendiéndose como naciones propias.
Con el término «latino» asentado en el uso global, la discusión deja una predicción con reservas: seguirá ganando terreno como etiqueta racial importada, aunque pierda precisión cada vez que alguien intente definirla. Y perderá, sobre todo, a quienes la usen para sustituir su nacionalidad por un saco ajeno.