Lavrov deja el G20 sin esperar a Ucrania ni a EEUU
¿Sirve de algo una cumbre cuando uno de los convocados decide no quedarse a escuchar a sus adversarios? El ministro de Exteriores de Rusia,
Serguéi Lavrov, abandonó la cumbre del
G20 celebrada en Indonesia antes de que intervinieran Ucrania y Estados Unidos. Lo hizo después de pronunciar su propio discurso, en la segunda jornada, dejando la sala —y la silla— vacía antes de que hablara su homólogo estadounidense,
Antony Blinken. La escena descolocó a la organización indonesia y a buena parte de las delegaciones presentes, que se quedaron mirando un asiento sin ocupante.
Qué ocurrió en la cumbre del G20 de Indonesia
El orden de los turnos es la clave. Lavrov cumplió con la intervención que le correspondía como representante de Rusia y, acto seguido, se marchó. No consta comunicado posterior ni comparecencia para explicar la salida: se fue, y punto. Para quienes siguieron la cita, en diplomacia un gesto así no se lee como un arrebato de carácter, sino como un mensaje dirigido a alguien concreto.
El problema es de quien lo recibe.
Indonesia, anfitriona de la cita, quedó en una posición forzada. Una parte de los socios occidentales había advertido de que Moscú aprovecharía la tribuna para hacer propaganda y se encontró con una delegación que se marchaba justo antes del momento más esperado. El resultado, en palabras de quienes siguieron la cumbre, fue una organización sin guion y una cita que se cerró con sensación de fracaso. Con una particularidad: el ausente no estaba allí para recoger el guante.
Por qué se marchó antes de las intervenciones de Ucrania y EEUU
Hay quien apunta, en el debate, a que Ucrania no forma parte del G20 y que su presencia añadía un elemento ajeno al formato económico de la cita. Bajo ese prisma, la intervención de Kiev y la réplica estadounidense estaban pensadas para interpelar a Moscú, con la dificultad añadida de que el interpelado ya no estaba en la sala.
El cálculo ruso, según esta interpretación, era simple. Quedarse a escuchar suponía legitimar un formato en el que Rusia aparecía en el banquillo. Marcharse antes trasladaba el problema a los demás: Blinken habló ante una silla vacía y la imagen se comió el relato de la jornada. Hay quien subraya que el ministro ruso había cumplido ya con el deber de representar a su país, discurso incluido, y que la retirada fue una decisión tomada con la frialdad del que tiene los deberes hechos y no piensa quedarse a discutirlos.
El pulso previo y el papel del anfitrión
Antes de que empezara todo, la presión ya estaba sobre la mesa. Una parte de los socios occidentales sostenía que la presencia rusa serviría para convertir la cita en un altavoz propagandístico. Sobre esa sospecha se construyó un cerco previo, con gestos de patio de colegio —quién se sienta dónde, quién sale en la foto, quién comparte cena— amplificados por las cámaras. El resultado fue una coreografía de exclusión que dejó al organizador atrapado entre dos fuegos.
En el lado opuesto se argumenta que esos mismos países llevan años aplicando un doble rasero: se recuerdan las intervenciones militares estadounidenses en distintos países y se sostiene que entonces nadie dijo nada. La comparación, discutible, forma parte del ruido de fondo con el que llegó la cita y explica por qué el ambiente se deterioró antes de que nadie abriera la boca.
Dos relatos sobre el mismo diplomático
Lavrov tiene
72 años y una carrera larga en la diplomacia rusa. La comparación que se repite es con
Andrei Gromiko, el histórico ministro soviético, al que una parte sitúa como el mejor diplomático europeo de su época. Sobre esa trayectoria se levantan dos relatos incompatibles: el del hombre que aguanta el tipo en un entorno hostil y que se planta cuando ya no hay nada que rascar, y el de quien, en el debate, le atribuye responsabilidad política en la guerra y en la muerte de civiles, incluida la de una niña de 10 años en Donetsk, una acusación que no va acompañada de pruebas.
Qué significa que la silla quede vacía
El argumento más incómodo no tiene que ver con Lavrov, sino con lo que su salida revela. Hay quien sostiene que hasta en plena crisis de los misiles existía entre las partes voluntad de entenderse y que ahora esa voluntad es cero. Bajo ese diagnóstico, la cumbre no era un marco de negociación sino un acto de representación, y quien se marcha antes de que le hablen está reconociendo que no hay nada que negociar.
Y aquí las dos corrientes vuelven a separarse. Para unos, la retirada es una humillación para Occidente y una muestra de temple. Para otros, certifica que los puentes están rotos y que el mundo se asoma un poco más al abismo. La próxima cita ya tiene su pregunta: si nadie se queda a escuchar, ¿para qué se organiza la cumbre?