La oportunidad, no el físico, decide quién acaba emparejado
Hay una idea que se repite con la insistencia de un estribillo: que el hombre de aspecto descuidado, aficiones solitarias y nula vida social no toca pelo. El planteamiento que abrió esta conversación lo decía sin anestesia: cuesta creer que ese perfil llegue a tener pareja, aunque sea «con una de su nivel». La respuesta más repetida en el intercambio no habla de belleza ni de carisma. Habla de otra cosa.
Follar no es una proeza. Es, en palabras de uno de los intervinientes, «una de las cosas más vulgares del mundo», y depende casi en exclusiva de la oportunidad: hay quien la tiene muchas veces, quien la tiene pocas y quien no la tiene nunca. El argumento desmonta la épica del conquistador y la sustituye por una constatación estadística elemental. Donde hay exposición, hay opciones. Donde no la hay, no.
El caso del abuelo que lo cambia todo
La anécdota más incómoda del intercambio es la de un abuelo descrito como «la cosa más apocada, vacía e inactiva que se puede imaginar»: un mueble, sin iniciativa ni conversación. Y, sin embargo, tuvo descendencia con una mujer descrita como todo lo contrario, una presencia dominante. La conclusión que se extrae es amarga: el azar y la inercia reproductiva hacen más trabajo del que el mérito personal quiere reconocer.
Ahí entra la lectura sociológica. Quien pasó su juventud encerrado en aficiones solitarias sostiene que
un club de fans de Tolkien habría bastado para acabar arrejuntado con una pareja de gustos afines y hoy tener hijos adolescentes. No lo dice con lamento, sino con sorna: prefiere su situación actual. La reflexión deja un poso interesante: la endogamia de los nichos culturales funciona como mercado matrimonial de baja competencia.
La burla como termómetro social
El resto del intercambio oscila entre el chascarrillo y el diagnóstico. Se bromea con la frecuencia de las relaciones, se especula con que ella sí y él solo mediante pago, y se recurre al clásico «como conejos». También aparece el temor a la descendencia: que ese perfil no se reproduzca. Es la cara menos amable del asunto, la que convierte el físico ajeno en chiste.
El cálculo que subyace a todo el intercambio —oportunidades frente a atractivo, exposición frente a mérito— no se desarrolla entero en ningún mensaje, pero está ahí, desmenuzado en anécdotas. La pregunta de fondo sigue sin respuesta cerrada: si la oportunidad lo es todo, ¿qué queda del esfuerzo?