Un forero calcula que ligar cuesta 200 euros por cita
Un usuario de un foro sostiene que un restaurante de cierto nivel no baja de
70 euros por persona. Súmese el aperitivo previo y la copa posterior y, según su cálculo, la primera cita se planta en
200 euros. Esa estimación recorre una discusión en la que varios participantes afirman que el café y el paseo han perdido terreno frente a la cena. No es una queja aislada: hay quien lo plantea como un presupuesto.
El planteamiento inicial sostiene que el encuentro se ha mercantilizado. Quien lo escribe asegura que hay mujeres que solo aceptan quedar si hay restaurante de por medio y que algunas rechazan según qué locales alegando que se gastan mucho en maquillaje y en imagen para acabar tomando un descafeinado en un bar. La respuesta mayoritaria no niega el fenómeno: lo justifica, lo cuantifica o lo lleva un paso más allá.
Cuánto cuesta una primera cita según este cálculo
El desglose que plantea un participante es el siguiente: cena en un restaurante de nivel medio-alto, aperitivo antes y copa después. Total:
200 euros. Con esa cifra sobre la mesa, la comparación con el mercado de pago aparece sola en varios mensajes: por ese dinero, argumentan, hay alternativas con resultado garantizado y sin incertidumbre. La cena, en cambio, admite un escenario donde no ocurre nada.
Hay quien rebaja la apuesta y propone un formato de bajo riesgo: solo bebidas, en un local donde se pague al servir, y si la conversación no arranca, se levanta uno y se va. La lógica es la de una
due diligence exprés. Una cena con una persona insoportable puede hacerse eterna; un café se toma de un trago aunque te quemes el esófago.
El reparto de la cuenta y la trampa del 50/50
La pieza más incómoda del puzle es el momento de pagar. Según se plantea en la discusión, si la cita va mal y quien invita intuye que no habrá continuación, aparece el comodín de dividir. Y ahí se rompe el equilibrio: la parte que esperaba ser invitada se encuentra con una factura que no había presupuestado. El riesgo es simétrico y ninguno de los dos lo había firmado.
Se argumenta que la exigencia de invitación convive mal con el discurso de la independencia económica. La crítica más repetida: se reclama igualdad en el mercado laboral y se mantiene el rol del proveedor en la mesa. La hipergamia, dicen, no se negocia; se hereda. Y el que no paga, no juega.
Por qué el café funciona mejor que la cena
Frente al restaurante, el formato corto tiene defensores con argumentos prácticos. Quince minutos bastan para saber si hay algo. Si no lo hay, una llamada fingida resuelve la salida. La cena, en cambio, obliga a compartir mantel durante una hora larga con alguien que puede ser un desconocido absoluto.
El contraargumento es de manual: si alguien se ha pasado dos horas arreglándose para la cita, pretender cerrarla con un café es, como mínimo, una declaración de intenciones. La inversión de tiempo y de imagen también es un coste. La discusión sobre quién pone qué acaba siempre en el mismo sitio: en cuánto vale el rato del otro.
El desenlace que nadie firma
La conversación deriva hacia territorios más ásperos. Aparece la idea de que el mercado se ha segmentado: unos pagan cena y otros no pagan nada. Y de fondo, una corriente que sentencia que la solución es no jugar: más vale solo, dicen, que mal acompañado y con la cartera abierta.
La pregunta queda en el aire. Si el coste de una primera cita equivale a una décima parte de un salario medio y el resultado es incierto, ¿por qué sigue habiendo cola para reservar mesa?