El plan que un foro atribuye a Ucrania: de 40.000 a 90.000 mujeres
Según un cálculo que circula en el hilo, el ejército ucraniano aspiraría a pasar de unas
40.000 mujeres en filas a 90.000. El adiestramiento, mientras tanto, empieza por lo más elemental: Halyna Vynokur, empleada de una ferretería en Kiev, empuñaba un arma de fuego por primera vez; Iryna Sychova, gerente de compras de unos grandes almacenes, desmontaba y volvía a montar el revoltijo de varillas y resortes de un fusil Kaláshnikov. Las dos formaban parte de las dos docenas de mujeres que acudió a un bosque a recibir instrucción. La escena se presenta como ejemplo de resistencia civil. También admite una lectura menos épica: la de un ejército que ha bajado el listón del reclutamiento hasta el mostrador de una ferretería.
¿Cuántas mujeres sirven ya en el ejército ucraniano?
El punto de partida no es cero. Según un participante, en 2018 el ejército abrió todos los puestos a las mujeres y, al inicio de la guerra,
ya representaban un tercio de los profesionales en armas. La cifra contrasta con el
12% que se atribuye a las mujeres entre los soldados profesionales españoles. Ese contraste se usa para ironizar sobre cuotas y sueldos: bastaría con pagar 6.000 euros netos al mes, se sostiene, para que la igualdad dejara de ser una reivindicación. Se sostiene también que desde 2014 el sueldo del soldado profesional ucraniano triplicaba la media del país, un diferencial que ayudaría a explicar la bolsa de reclutas disponibles.
Farmacéuticas y sanitarias, las primeras con la salida restringida
Según el relato que se hace en el hilo, antes de la campaña llegaron las restricciones. Se limitó la salida del país a mujeres con titulación de farmacia y de la rama sanitaria; después vino una movilización específica para animarlas a alistarse, con la vista puesta en ocupar líneas de frente y puestos de conducción de vehículos. El siguiente escalón apunta a los abuelos: quien ya ha hecho su vida está en su momento, viene a decir el argumento, con el ahorro en pensiones como efecto colateral. Vergonzante o no, la consecuencia es la misma: el reclutamiento se aleja del perfil de combatiente joven y se ensancha hacia quien pillen. La frase que resume el enfado:
si hay que mandar al frente a una cajera de ferretería, es que la cosa va muy mal.
Los vídeos del frente: ¿parte de guerra o propaganda?
Un participante señala que en los últimos dos meses se han multiplicado las grabaciones de mujeres ucranianas en primera línea. Una lectura las toma como síntoma: si se recurre a ellas, la cantera masculina está seca. Otra las lee como producto, puro marketing de guerra: la manicura intacta, el casco caído sobre el moño, la sonrisa antes de disparar. La crítica más repetida no va contra las combatientes sino contra el encuadre. Los hombres graban la guerra; ellas se graban a sí mismas. Con ese material circulando a diario, la línea que separa documentar la contienda de maquillarla se difumina, y el relato oficial pierde credibilidad justo cuando más la necesita.
El fondo: igualdad, biología y quién decide la guerra
El choque de fondo no admite término medio. Una corriente sostiene que la vida de una mujer vale más que la de un hombre por razones biológicas —de ella depende la continuidad de la especie— y que la guerra, por tanto, es asunto de hombres. En el extremo opuesto, la igualdad se entiende como obligación simétrica: si las mujeres votan, también pueden ser llamadas a combatir. Entre ambas aparece un tercer argumento incómodo: quien no decidió la guerra no debería ser arrastrado a ella, y la responsabilidad recae en la minoría que la prolonga. Incluso se apunta al votante que eligió a quien decide.
Los paralelismos históricos que se citan van todos en la misma dirección. La Alemania de 1918 firmó a tiempo y conservó buena parte de su ejército intacto; la de 1945 acabó con la capital arrasada y el país ocupado. Berlín, se recuerda, se defendió al final con adolescentes. De ahí sale el criterio más duro: cuando un país pierde su fuerza de combate profesional, ha perdido la guerra, y movilizar civiles para alargar la agonía es inmoral. Otros replican con el caso checheno: la rendición no trajo la paz, sino combatir en guerras ajenas.
¿Qué pasaría si Ucrania se rindiera?
El escenario de la rendición tiene defensores. Se argumenta que el país pasaría de ser el segundo más pobre de Europa a integrarse en una estructura donde ocuparía el sexto o séptimo puesto, y que los únicos perjudicados serían quienes mandan, muchos de los cuales ya habrían huido. La réplica llega desde la experiencia chechena: quienes quisieron vivir a su aire en su territorio acabaron conquistados, asimilados y enviados a morir en guerras ajenas. La conclusión de esa lectura es incómoda: si Ucrania se rinde, seguirá poniendo muertos, solo que por los hijos de otros.
Con esas cifras sobre la mesa, la pregunta queda abierta: ¿ese doble de reclutas demuestra la resiliencia de un país o certifica el agotamiento de su voluntariado? Las dos respuestas se sostienen, y las dos cuentan la misma guerra.