Anarcocapitalismo: la falacia de que el mercado dictará justicia
El anarcocapitalismo nunca ha fracasado porque nunca se ha probado. Ese es el argumento que sus defensores repiten de memoria y el que sus críticos les lanzan a la cara. Sin un solo país que haya abolido el Estado, la controversia se dirime en el terreno de la teoría: ¿protege el Estado o es precisamente el Estado la amenaza? La discusión arrastra dos siglos de filosofía y un puñado de datos incómodos para todos.
El problema del orden: Hobbes no era un ingenuo
Hobbes dejó escrito que sin un poder común los hombres viven en guerra de todos contra todos. La respuesta de línea anarcocapitalista no niega la violencia: la recoloca. Se sostiene que el orden puede pactarse voluntariamente, que basta con un ente de control —un Estado aceptado por todos— que garantice la paz a cambio de una cesión mínima de libertad. El problema, replican los escépticos, es que ese Estado consentido no existe: el que tenemos nos viene dado y nadie firmó contrato alguno con él. La trampa lógica se resume en una cita recurrente: lo más peligroso que puede decirse es aquello de «hemos venido a ayudarte». Aunque el contraataque tiene su propio clásico: «Entre el fuerte y el débil, entre el rico y el pobre, es la libertad la que oprime y la ley la que redime», resumía Lacordaire.
¿Quién fabrica los monopolios: el mercado o el BOE?
El argumento más manido contra el libre mercado es que sin regulación brotarían monopolios. La tesis inversa gana terreno: los monopolios y oligopolios no nacen del mercado, sino del propio Estado, que con licencias, aranceles y normativa a medida favorece a las empresas que ya son grandes. Cuando una corporación consigue una regulación redactada a su gusto, su competidor más incómodo no es una startup, es el Boletín Oficial. Frente a eso se alza la objeción obvia: la concentración de capital no necesita padrinos políticos para crecer. Las dos cosas pueden ser ciertas a la vez, y ahí está la incomodidad.
Privatizar no es vender la sanidad a los amiguetes
Conviene separar dos cosas que el lenguaje político confunde a propósito. Financiar un servicio con impuestos no es lo mismo que gestionarlo con dinero privado. Vender la gestión al mejor postor mientras al ciudadano le siguen cobrando cinco veces más de lo que cuesta el servicio no es privatizar: es externalizar el negocio y socializar el coste. Los críticos lo bautizan como «socialismo con gestor privado», y la etiqueta, más allá del chiste, describe una realidad administrativa difícil de refutar con datos.
Argentina: el experimento que sigue sin banco central suprimido
Ningún país ha eliminado su autoridad monetaria, y ese es el flanco más débil del relato. La pregunta circula desde hace meses: ¿se ha suprimido ya el banco central argentino o sigue ahí con todo su aparato? A la fecha de este análisis, seguía en pie. El paralelismo se completa con la condena a seis años de cárcel por corrupción de una expresidenta argentina, confirmada y con prisión domiciliaria, que alimentó la tesis de que el problema no es el mercado sino quien lo administra. Mientras nadie aplica el modelo entero, la gestión que más se le aproxima se mide por sus efectos a corto plazo, no por su coherencia teórica.
El contraataque soberanista: ni libertad ni igualdad, la Nación
Y luego está la tercera vía, la que incomoda a ambos bandos. Hay quien sostiene que todo liberalismo —con prefijo o con sufijo— acaba siendo una herramienta para desarticular un país y dejarlo en manos de fuerzas extranjeras. La prioridad, defienden, no es la libertad individual ni la igualdad, sino la Nación y su soberanía. Una tesis que mezcla el proteccionismo clásico con la desconfianza hacia el cosmopolitismo y que, paradójicamente, comparte con el anarcocapitalismo una misma obsesión: saber quién manda de verdad.
Con estos mimbres, cabe esperar que la etiqueta anarcocapitalista siga ganando terreno en el discurso público aunque casi nadie se atreva a gobernar con ella. Servirá como ariete contra el gasto público. Y cuando alguien pregunte por los monopolios que el mercado crea por sí solo, la respuesta volverá a ser la de Hobbes: alguien tendrá que sostener la porra. Quién la paga es, exactamente, la pregunta sin resolver.