El 30% de las bilbaínas jóvenes se siente sola, frente al 21% de ellos
Un estudio municipal sobre hábitos y estilos de vida en Bilbao deja un cuadro incómodo: entre los 18 y los 29 años, el 30% de las mujeres se declara en soledad, frente al 21% de los hombres. Solo el 14% de ellas dice no arrastrar problemas emocionales; en ellos la proporción sube al 36,4%. Y en consumo, el 64,3% de las chicas registra ingestas intensivas de alcohol, frente al 48% de los chicos. Ellas fuman el 20,7%; ellos, el 13%.
El dato no es una anécdota sanitaria. Es la foto de una franja de edad en la que las diferencias entre sexos se ensanchan en casi todos los indicadores, justo cuando se supone que la igualdad debía estar consolidada. La lectura oficial apunta a un retroceso en los logros y a un discurso machista que regresa con fuerza en las redes. La lectura menos amable señala al propio relato: si las mujeres jóvenes acumulan más ventajas sociales, culturales y legales que nunca, ¿por qué los indicadores de malestar van en su contra?
Qué dice el estudio municipal sobre soledad y salud emocional
El informe «Hábitos y estilos de vida saludable en la población de Bilbao», elaborado por el Ayuntamiento, mide sensaciones declaradas, no diagnósticos clínicos. Ahí está la primera trampa. El 30% de las bilbaínas de 18 a 29 años se siente sola, el porcentaje más alto de todos los grupos de edad de la ciudad. Entre los varones de esa franja, el 21%. La brecha se repite en salud general: el 76,4% de las chicas se declara satisfecha, frente al 92,8% de los chicos. Y en descanso: el 35,6% de ellas no duerme lo suficiente; ellos, el 25,1%.
Hay quien sostiene que estas cifras miden más la disposición a verbalizar el malestar que el malestar mismo. Una encuesta de autopercepción premia a quien responde con sinceridad y castiga a quien disimula. Si ellas declaran más, puede ser porque tienen más permiso social para hacerlo. El problema es que esa objeción metodológica no explica el consumo.
El 64,3% de las chicas bebe cuatro o más unidades por ingesta, el grupo que más lo hace en Bilbao. No es una sensación: es una conducta medible.
Por qué ellas fuman y beben más que ellos a esa edad
La psicóloga Ana Estévez, profesora en la Universidad de Deusto, apunta a una explicación que el propio informe recoge: hasta los 13 o 14 años la incidencia de la depresión es similar entre chicos y chicas; a partir de ahí, ellas se disparan en sintomatología depresiva y tristeza. La exigencia social sobre la imagen física, dice, es una de las palancas. El alcohol funciona como anestesiante y el tabaco se asocia a la ansiedad. Si el malestar es mayor, el consumo sube.
La otra pata del argumento es la imitación. Ellas beben como ellos, o más, en un gesto de parecerse a los chicos que acaba desbordado. El péndulo regresa con más fuerza y se les va la mano. También en los trastornos vinculados al juego, donde las mujeres jóvenes caen con cada vez más frecuencia. La consecuencia es una paradoja: la generación con más herramientas legales y culturales para la igualdad es también la que registra peores indicadores de bienestar en su franja de edad.
El papel de las redes y de los contenidos que consumen los jóvenes
El diagnóstico oficial pone el foco en la educación y en el entorno digital. José Miguel Fernández, presidente de la asociación Clara Campoamor, lo resume: «En esto, en la educación, estamos fallando». Se educa distinto a chicos y chicas, y no solo en el colegio: también en la familia, en internet y en la calle. Como derivada extrema, el informe menciona el aumento de agresiones sexuales contra chicas cada vez más jóvenes y por parte de conocidos, y el crecimiento de la violencia de género en parejas jóvenes.
La crítica al sistema educativo es explícita: crisis de autoridad, docentes que evitan sancionar por miedo al papeleo y a la queja, y una sensación de abandono de la juventud. En casa, la delegación de la crianza en los abuelos —a veces con roles tradicionales— o directamente en las tablets y los móviles. El resultado es que buena parte de la socialización adolescente se produce en plataformas donde proliferan contenidos que exageran los roles de género y donde se viralizan modas como las «chicas km. 0» o las «tradwives». No son fuentes neutras. Son el principal material con el que se construye la personalidad a esa edad.
La brecha de género en consumo: los datos del informe
- Soledad: 30% de ellas frente al 21% de ellos
- Problemas emocionales: el 86% de ellas los padece; en ellos, el 63,6%
- Satisfacción con la salud: 76,4% de ellas frente al 92,8% de ellos
- Consumo intensivo de alcohol: 64,3% de ellas frente al 48% de ellos
- Tabaco: 20,7% de ellas frente al 13% de ellos
La comparación con otras franjas de edad es la que más incomoda. En los grupos de más edad, la distancia entre hombres y mujeres se estrecha en casi todos los indicadores. Es decir, la desigualdad medida no crece con los años: se concentra en la juventud. Eso rompe la intuición de que el tiempo juega a favor de la igualdad. Y deja una pregunta incómoda: si la brecha se ensancha justo en la generación más expuesta al discurso de género, algo del relato no está funcionando como se esperaba.
Las dos lecturas enfrentadas del mismo dato
Una parte del análisis sostiene que estos números prueban un retroceso: los logros que se creían consolidados se deshacen, y el discurso machista regresa empujado por las redes sociales. Otra parte responde que los logros nunca llegaron a consolidarse, que la igualdad formal no se tradujo en bienestar real y que ahora se ve el agujero. Las dos lecturas comparten el diagnóstico —las jóvenes están peor— y discrepan en la causa.
Hay una tercera, menos cómoda para el relato oficial: que el malestar se esté midiendo con instrumentos que amplifican la queja y que la comparación entre sexos esté contaminada por la distinta disposición a declarar. Es una objeción razonable, pero no explica por qué el consumo de alcohol y tabaco, que no depende de la sinceridad del encuestado, también se dispara en ellas. La conducta no se puede atribuir al sesgo de respuesta.
¿Y si el problema no fuera el retroceso ni la falta de logros, sino que la igualdad se ha construido sobre un modelo de imitación que pasa factura a quien lo adopta? La pregunta queda abierta. Los datos, de momento, solo dicen quién está peor. No dicen por qué.