El hacinamiento en España: radiografía de un debate sin vivienda
En España, un millón de jóvenes vive hacinado. El dato, que la oficina estadística europea maneja con un criterio preciso —falta una habitación por pareja o por adulto soltero, y más de dos menores en una misma habitación ya cuentan como sobreocupación—, deja de ser una anécdota para convertirse en el síntoma de un mercado que se ha roto. La discusión que ha ocupado cientos de mensajes en los últimos tiempos no gira en torno a si el problema existe, sino a quién le corresponde la culpa: al rentista que acumula ladrillo, al Estado que no construye, a la inmigración que presiona la demanda o a una generación que simplemente llegó tarde a la compra.
El diagnóstico más repetido apunta a la oferta. Durante décadas, España ha construido mucha vivienda, pero no la que hace falta. El suelo está intervenido, los ayuntamientos lo restringen, los impuestos encarecen la primera compra y la normativa impide densificar donde la demanda aprieta. Con medio millón de habitantes nuevos al año en las grandes ciudades, el resultado es el previsible: menos oferta legal, más competencia por lo que hay y precios que no ceden. La conclusión que se repite es incómoda: si no se construye, no habrá milagro.
¿Por qué se culpa al rentista y no al suelo?
La tesis de la usura rentista tiene un problema aritmético. Si la inmensa mayoría de los propietarios que alquilan son pequeños ahorradores con uno o dos pisos, no hay capacidad de acaparar nada. El rentista profesional existe, pero no mueve el mercado. El diagnóstico que gana peso es otro:
el problema no es quién alquila, sino cuánto cuesta construir y cuánto se tarda en hacerlo.
Hay quien sostiene que atacar al propietario particular es un error de cálculo. Si se le sube la inseguridad jurídica, el riesgo de impago y la fiscalidad, el propietario hace lo obvio: vende, deja el piso vacío para uso familiar o se pasa al alquiler de temporada. No por maldad, sino porque el retorno ya no compensa el riesgo. Y si a la vez no se libera suelo ni se construye, el resultado no es vivienda barata: es menos alquiler legal y más competencia por lo que queda.
El papel de la inmigración en el debate
Una parte de los mensajes sitúa el foco en la presión demográfica. Se argumenta que la llegada de población extranjera a un ritmo elevado tensa la demanda de vivienda, los servicios públicos y los salarios. Es una tesis que se repite con insistencia, pero que convive con otra lectura: la construcción lleva años por debajo de lo necesario y los gobiernos no han hecho vivienda asequible desde hace décadas. Atribuir el problema a un solo factor simplifica un mercado que falla por varias vías a la vez.
Qué pasa cuando el alquiler deja de compensar
El alquiler se está convirtiendo en un mercado de selección adversa. El propietario normal, ante más riesgo y menos rentabilidad, se retira. Los fondos extranjeros, que habían comprado parque en alquiler, empiezan a venderlo poco a poco para no provocar pánico. El resultado es un mercado con menos oferta, más rotación y más competencia entre inquilinos. No es que el alquiler sea más caro: es que cada vez hay menos.
La solución que se repite en los análisis más técnicos pasa por liberalizar suelo, permitir edificar en altura donde la demanda lo justifica, eliminar normativa que encarece la construcción y quitar impuestos a la primera vivienda. Es una receta impopular, pero es la única que ha funcionado en algún sitio. El cierre lo da un dato que descoloca: en 1975, quince mil euros ajustados por inflación equivalen hoy a más de doscientos mil. La vivienda no se ha vuelto inalcanzable por casualidad.