Mil Andorras: el sueño de la España confederal choca con la realidad
¿Se imagina una España con mil miniestados independientes, cada uno con su propio gobierno, sus impuestos y su capacidad de atraer inversión? La propuesta, lanzada en círculos liberales, plantea convertir cada comarca en un país soberano que solo comparta ejército y cuatro gastos de representación. El objetivo: eliminar ministerios, parlamentos autonómicos y la Agencia Tributaria, reduciendo drásticamente el gasto público.
La idea no es nueva. Tiene nombre: cantonalismo, y ya se ensayó en España durante la Primera República. Sus defensores señalan el ejemplo de Andorra, microestado pirenaico con baja presión fiscal y administración mínima que, según este análisis, demuestra que lo pequeño funciona. Si cada comarca operase como Andorra, sostienen, la burocracia se desplomaría y la competencia entre territorios forzaría a bajar impuestos.
Pero las críticas no se hicieron esperar. Quienes se oponen argumentan que atomizar el país hasta la escala comarcal llevaría a la "edad de piedra tribal", con pérdida de economías de escala y fragmentación del mercado interior. Señalan que las ciudades-estado griegas o los condados alemanes previos a la unificación no son comparables: su contexto histórico y tecnológico era otro. Además, recuerdan que dos grandes partidos políticos harían todo lo posible por impedirlo, con millones de votantes dispuestos a defender el statu quo.
El debate de fondo es si el tamaño del Estado es la variable clave del bienestar o si, como apunta algún comentarista, el problema no es de escala sino de moral y cultura política. Mientras unos ven en la multiplicación de soberanías la única vía para la libertad y la eficiencia, otros la tachan de sueño impracticable que, de concretarse, dejaría a España sin los Pirineos suficientes para llenar mil Andorras.
Lo cierto es que, por ahora, la discusión se mueve entre el ideal y la ironía. Con los precios de la vivienda y el café disparados, la propuesta suena a solución definitiva que nunca llega. Y el cantonalismo, como concepto, sigue siendo más un arma arrojadiza que un programa de gobierno.
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