Reclutar a toda la población de 18 a 29 años para arrasar Moscú
La propuesta apareció con un nivel de detalle que asusta: movilizar a toda la población de entre 18 y 29 años, abrir un frente de 2.000 kilómetros desde Finlandia hasta Rumanía y avanzar «día y noche» hasta Moscú hasta convertir Bielorrusia y el oeste de Rusia en un erial. El objetivo declarado no era militar, sino histórico: que la destrucción fuera tal que el nombre del Kremlin quedara reducido a una nota a pie de página. El problema, el de siempre, es quién pone el primer cuerpo.
La respuesta más repetida en el hilo no fue ideológica, sino logística. «Te has equivocado de dirección, el enemigo está más al oeste cruzando el océano», contestó uno. «Se necesitarán muchos barquitos para esos millones de soldados». El autor del plan tiene 30 años, según se le recordó, así que no entraría en su propia quinta. La cruzada se le queda sin cruzados.
Quién se alista cuando la guerra es de otros
El hilo se llena de ofertas de transporte gratuito al frente. «¿Cuándo dices que te vas a alistar en el ejército ucraniano?», pregunta un mensaje. «Estoy de acuerdo, ¿cuándo quieres que te lleve a Ucrania? Te llevo gratis, no tendrás mejor oferta». Nadie recoge el guante. La distancia entre pedir una guerra total y subirse a un autobús hacia ella es el verdadero tema del debate.
Hay una respuesta que resume la temperatura: «Tengo 27 años, al que intente reclutarme para ir a cualquier guerra le rebano el cuello». No es una amenaza creíble, es una postura. La movilización masiva que el plan exige choca con una generación que no ve en Moscú su problema.
El argumento de la amenaza rusa y sus pruebas
La defensa del plan se apoya en una lista de agravios que varios mensajes enumeran: las amenazas del Kremlin, las declaraciones de sus comentaristas televisivos, el armamento desplegado en Kaliningrado, la invasión de un país vecino que quería ser europeo, el uso de migrantes como presión en la frontera polaca. «No hay nadie más follaguerras que el Kremlin», resume uno.
La acusación se extiende a hechos históricos: el derribo del avión con 96 polacos a bordo, el sabotaje del NordStream, la creación de Gladio. Aquí el consenso se rompe. Uno de los participantes corrige: «Efectivamente, todo eso es verdad salvo lo de Gladio». La lista es larga, pero no todos los elementos resisten el mismo escrutinio.
El memorándum de Budapest y la letra pequeña
Aparece entonces el argumento jurídico. El Memorándum de Budapest obligaba a abstenerse de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial de Ucrania, salvo en defensa propia o de conformidad con la Carta de Naciones Unidas. La conclusión que se extrae es que esa obligación «no tiene un carácter absoluto». La fórmula es vaga, y de ahí sale todo.
El mismo mensaje avisa: «Al parecer tienen la falsa esperanza de que se va a achantar. Pero, ¿y si no lo hace? Yo no me la jugaría, por si las moscas». La disuasión, viene a decir, no se construye con deseos.
El escenario nuclear que nadie quiere calcular
La pregunta que desmonta el plan original es simple: «¿Cómo haces todo eso sin que antes Rusia decida lanzar misiles nucleares a todos los países europeos involucrados?». Nadie responde. El frente de 2.000 kilómetros y los millones de soldados son, en ese escenario, una lista de objetivos.
La contraposición es constante: «Cada acción tiene una reacción. Si los líderes de los respectivos países europeos deciden declararle la guerra a Rusia, pues que no esperen a que Putin se quede de brazos cruzados». El plan apocalíptico tiene un problema de reciprocidad.
La guerra que se gana en internet
Otra corriente sostiene que el relato ya está escrito antes de que empiece nada. «Los únicos que ganan la guerra en internet son los ucranianos. En los medios occidentales ya están en Moscú, han muerto 10 millones de rusos y la economía rusa ya ha colapsado». La ironía apunta al entusiasmo informativo, no al frente.
El hilo también tiene su versión opuesta: quien sostiene que la OTAN provocó la situación al no aceptar a Rusia y que a la Alianza le interesa la confrontación. «Es como meterle la mano a la jaula del tigre y luego pegarle un tiro por ser demasiado agresivo». La culpa, según esta lectura, es de quien agita la jaula.
El plan inicial pedía una tormenta de fuego y azufre. Lo que queda es un hilo de 99 respuestas donde nadie se alista, varios ofrecen transporte al frente y la discusión deriva hacia quién provocó qué. La movilización total sigue esperando voluntarios.