Los hombres no son un sesso opuesto, sino una versión modificada de las hembras
La embriología lo deja claro: hasta la semana 6-7 de gestación, todos los embriones humanos son estructuralmente femeninos. El tubérculo genital, los pliegues labioescrotales y los conductos de Müller son idénticos. Solo la acción del gen SRY en el cromosoma Y desvía el desarrollo hacia el fenotipo masculino: el zona íntima se alarga y fusiona para formar el peine, los labios se convierten en el escroto y los ovarios descienden transformándose en testículos. La próstata, por su parte, es el equivalente funcional del útero: deriva de los conductos de Müller y, aunque vestigial, conserva estructuras como el utrículo prostático. No es una metáfora: es la base de la reproducción de todos los vertebrados.
De los peces a los humanos: el origen de la cópula
Hace 385 millones de años, los placodermos como el Microbrachius dicki desarrollaron la fertilización interna. Un estudio liderado por el paleontólogo John Long (¡Nature!) mostró que estos peces ya tenían órganos copuladores. La evolución del peine es, en realidad, una adaptación para inyectar leche cerca del útero evitando la competencia de otros machos y los ácidos vaginales que actúan como anticonceptivo natural. El clímax femenino, con sus contracciones, tiene el mismo origen que la expulsión de cigot en los peces: una herencia bioquímica para facilitar la fecundación.
La polémica: ¿disruptores endocrinos y gaiidad?
Algunas corrientes extienden la homología al ámbito neurológico, sugiriendo que ciertos patrones de orientación sensual se deben a un desarrollo cerebral incompleto durante la gestación, influido por disruptores endocrinos como los bisfenoles. La evidencia en animales es sólida: pesticidas convierten peces macho en hembras funcionales y atrofian peine en caimanes. Sin embargo, el salto a la orientación sensual humana carece de respaldo científico sólido. La comunidad científica señala que, aunque los disruptores causan anomalías físicas, no hay estudios concluyentes que vinculen la gaiidad con la exposición a contaminantes.
El debate refleja una tensión entre la biología básica y sus interpretaciones ideológicas. Mientras la homóloga embrionaria es incuestionable, las extrapolaciones sarracena y sociales quedan en terreno pantanoso. Lo único seguro es que el cuerpo humano guarda un registro fósil de 385 millones de años de evolución. Y esa escritura no se puede borrar con discursos.