La presa de Montejaque, sin mantenimiento desde 1924, alivia por primera vez en su historia
La presa de los Caballeros, en Montejaque (Málaga), ha entrado en carga por primera vez desde su terminación en 1924. Lo ha hecho con los sifones de alivio cebados a 22 centímetros de la coronación, evacuando del orden de 200 metros cúbicos por segundo, según los datos que circulan sobre el terreno. El embalse se construyó sobre una gran sima kárstica: el agua se filtra al subsuelo en pocos días y por eso nunca había llegado a rebosar. Hasta ahora.
La provincia lleva desde diciembre con precipitaciones que han pulverizado registros.
Grazalema ha batido su récord histórico de enero, su récord histórico de febrero y su récord histórico de precipitación en un mes, y el pantano se sitúa en la vertiente oriental de ese macizo. Con el terreno saturado, la filtración ya no da abasto y el agua ha empezado a buscar la salida por arriba.
Qué es la presa de Montejaque y por qué llevaba un siglo sin llenarse
Es una presa de gravedad de principios del siglo XX, levantada durante la dictadura de Primo de Rivera. Su función no era el riego ni el abastecimiento: estaba pensada para laminar avenidas y recargar acuíferos. Una estructura pasiva, sin compuertas operativas, con el desagüe de fondo abierto desde el abandono.
Cien años sin que nadie le ponga una mano encima.
El problema de origen es geológico. Bajo el vaso hay una sima kárstica de gran tamaño: el agua se almacena con lluvias fuertes y se pierde por filtración en cuestión de días. Por eso la presa nunca pudo funcionar como embalse estable y por eso se abandonó nada más terminarla. El error de cálculo se cometió cuando la geología aplicada estaba en pañales.
¿Cómo funciona un aliviadero de sifones?
No es un labio fijo por el que el agua simplemente se derrama. Son conductos en U que se ceban solos cuando el nivel supera la boca de entrada: el sifón se llena, y hasta que el agua no alcanza la garganta no sale nada. Una vez cebado, evacua de forma continua hasta que el nivel baja por debajo del punto de activación.
La confusión inicial venía de ahí. Durante días se vio la cima del aliviadero por encima de la presa y se dio por hecho que el labio estaba por debajo. No era eso: era un sistema de sifones que nunca había tenido que demostrar que funcionaba.
Abrir la tumba de Tutankamón y salir montado en el carro del faraón, resumía gráficamente un comentario sobre el estado del patrimonio hidráulico.
El riesgo real: desbordar no es reventar
Conviene separar dos escenarios que se mezclan con facilidad. Si la presa desborda, el cauce aguas abajo lleva el caudal natural que habría llevado sin presa: la suma de lo que llega desde arriba. Si la presa colapsa, salen de golpe todos los hectómetros acumulados y eso sí arrasa.
Lo que sostiene el análisis más prudente es que la porosidad del terreno está salvando la papeleta: el agua se marcha por las rocas próximas por presión del vaso. El escenario pesimista parte de otro supuesto: que los acuíferos se saturen y el nivel freático deje de admitir más. Ahí es donde nadie firma nada. Las presiones que soporta un muro de gravedad centenario con posibles grietas internas se magnifican, y el mantenimiento que nunca se hizo no se puede improvisar en una semana.
La cueva del Gato y el caudal que nadie veía
Aguas abajo, la Cueva del Gato ha empezado a soltar agua con un tamaño que no es el habitual. Es la consecuencia lógica: si la presa no existiera, ese sería el caudal de un episodio de lluvias torrenciales. La presa ha estado reteniendo avenidas y recargando acuíferos durante un siglo sin que nadie se acordara de ella, y ahora que hace su trabajo se descubre que nadie sabe si aguanta.
La comparación con otros embalses andaluces deja el mapa claro. Guadalcacín II, en Cádiz, con cerca de 1.000 hectómetros cúbicos de capacidad, no se ha llenado desde su inauguración en 1990. Montejaque, con una capacidad infinitamente menor, está al límite.
El problema no es la sequía: es que la infraestructura hidráulica española lleva décadas sin planificación ni mantenimiento.El patrón que se repite: obra pública sin conservación
El caso encaja en una discusión más amplia sobre cómo se gestiona el patrimonio construido. Se construía para durar, pero el mantenimiento es otro cantar. La válvula de fondo probablemente no se ha tocado en décadas, y el aliviadero ha tenido que demostrar su funcionamiento en la primera prueba real desde 1924. No es un fallo del ingeniero que la diseñó: es el síntoma de la administración que la ha dejado pudrirse.
Hay quien sostiene que la solución pasa por demoler la barrera de forma ordenada, dado el conocimiento geológico actual. En contra pesa el argumento de que la presa está cumpliendo una función real de laminación y recarga, y que su colapso sería mucho peor que su desborde. El punto exacto donde el análisis se atasca es este: nadie sabe cuánta presión aguanta un muro centenario sin mantenimiento, y la única respuesta disponible es esperar a que baje el nivel.