La Policía rastrea foros y Telegram para dar con el autor de las cartas bomba
La investigación de los sobres explosivos enviados a objetivos institucionales en España ha puesto el foco sobre un perfil concreto: individuos autodidactas, prorrusos o anti-OTAN y con escasa estructura operativa. Los investigadores rastrean redes sociales, grupos de Telegram y foros de internet en busca de pistas de quienes amenazaron con llevar a cabo este tipo de ataques. Con menos peso, también se analiza el entorno de la extrema izquierda vinculada a los Movimientos anti-OTAN. El caso llega después de episodios anteriores —las balas enviadas a Pablo Iglesias o la navaja a una ministra— que, según algunos participantes, se revelaron como montajes internos y cortinas de humo, lo que alimenta el escepticismo sobre el relato oficial.
El perfil que busca la Policía: autodidacta, prorruso y sin estructura
La descripción que manejan los investigadores dibuja a un individuo aislado, sin aparato detrás. Un «lobo solitario» de manual, con formación autodidacta y simpatías hacia Moscú o, al menos, un rechazo frontal a la OTAN. La hipótesis no es nueva: en episodios anteriores ya se apuntó a fanáticos prorrusos que operaban en redes y grupos de mensajería cifrada.
Hay quien sostiene que el autor podría ser un varón de más de 60 años, con pasado militar —campamento en Torrejón, destino en el Cuartel General del Aire— y vinculación con Valladolid. Es una de las líneas que circulan, sin confirmación oficial. Otra corriente apunta a alguien del entorno de Valencia con conexiones en Castilla y León, sin que ninguna de estas hipótesis haya cristalizado en una detención.
El problema de fondo es que el perfil es tan amplio que cabe casi cualquiera. Autodidacta, prorruso, anti-OTAN: tres etiquetas que describen a miles de personas en España. La pregunta que planea es si la investigación busca al autor o construye un relato.
Falsa bandera o lobo solitario: las dos hipótesis que no se cierran
Una parte del análisis sostiene que todo apunta a una operación de falsa bandera. El argumento: se fabrica un culpable antes de investigar los hechos, se filtra el perfil a los medios y se criminaliza la disidencia. Los paralelismos que se citan son las balas a Pablo Iglesias y la navaja a una ministra, episodios que, según algunos participantes, acabaron revelándose como montajes internos.
Enfrente, la hipótesis del francotirador solitario gana peso en medios. Un individuo sin organización, con acceso a materiales y conocimientos básicos, capaz de enviar sobres sin dejar rastro. La falta de detenciones tras meses de investigación alimenta ambas teorías: si fuera un lobo solitario, ya deberían haberlo encontrado; si fuera una operación, nunca habrá culpable.
Lo que sí ha trascendido es que Correos ha negado información a sus sindicatos «por razones de seguridad», remitiendo todos los datos a la investigación policial. Un hermetismo que no ayuda a despejar dudas.
El precedente que nadie quiere repetir: balas, navajas y montajes
El escepticismo no es gratuito. Los episodios anteriores de paquetes sospechosos y amenazas acabaron en nada: ni detenidos, ni pruebas, ni explicación oficial. La sensación de que se activa el relato antes que la investigación es compartida por analistas de distinto signo.
Hay quien señala que el timing es sospechoso. Las cartas bomba llegan en un momento de tensión política, con el Gobierno necesitado de justificar medidas de seguridad y de desviar la atención. Otros apuntan a Moscú como beneficiario de cualquier caos en Europa occidental.
La única certeza es que no hay detenidos. Y que el perfil filtrado —prorruso, autodidacta, anti-OTAN— encaja con el de miles de personas que no han enviado ninguna carta bomba.
Qué se sabe de las cartas bomba enviadas en España
Los sobres explosivos se dirigieron a objetivos institucionales, entre ellos el Cuartel General del Aire y la base aérea de Torrejón. La investigación sigue abierta y no hay detenciones confirmadas. La Policía mantiene abiertas varias líneas, con la prorrusa como principal y la extrema izquierda anti-OTAN como secundaria.
El caso ha reabierto el debate sobre la libertad de expresión en internet. La vigilancia de foros y grupos de Telegram preocupa a quienes ven un cerco a la disidencia. La línea entre investigar amenazas reales y criminalizar opiniones es cada vez más difusa.
Con estos mimbres, el caso de las cartas bomba puede acabar como los anteriores: sin culpable, sin explicación y con el relato oficial intacto. O puede ser el primero que se resuelva. A la fecha de esta discusión, no hay manera de saberlo.