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Fuentes policiales cifran en al menos 200.000 los delincuentes comunes que, tras el colapso del sistema penitenciario de países como Yemen, Somalia, Malí, Libia o Burkina Faso, buscan llegar a Europa, y señalan a España como destino principal. La Policía Nacional vigila con preocupación la entrada de perfiles radicalizados entre ellos.
Fuentes policiales cifran en al menos 200.000 los delincuentes comunes que, tras el colapso del sistema penitenciario de países como Yemen, Somalia, Malí, Libia o Burkina Faso, buscan llegar a Europa, y señalan a España como destino principal. La Policía Nacional vigila con preocupación la entrada de perfiles radicalizados entre ellos.
Que un sistema penitenciario se venga abajo no es una metáfora. Es lo que ocurre cuando un Estado pierde el monopolio de la fuerza dentro de sus propias prisiones: las puertas se abren y sale quien estaba dentro, con o sin expediente. Eso es lo que fuentes policiales describen en países como Yemen, Somalia, Malí, Libia y Burkina Faso, donde guerras, revoluciones y conflictos armados han quebrado el principio de autoridad y han dejado los centros penitenciarios sin control efectivo. La consecuencia, según esas mismas fuentes, es una bolsa de al menos 200.000 delincuentes comunes en la calle que se buscan la vida para llegar a Europa. Y el destino que señalan no es Alemania ni Francia: es España.
Las mismas fuentes policiales sostienen que España es el país que los acepta, entre otras cosas porque permite pedir asilo, mientras que el resto de países europeos pone más pegas. Esa diferencia de trato convierte al país en el punto de entrada preferente. El mecanismo tiene un efecto acumulativo que conviene entender: la solicitud de asilo no se resuelve rápido. Según los investigadores, al 93% se le rechaza, pero como la decisión puede tardar años, el solicitante se queda mientras tanto y acaba acogiéndose al arraigo tras dos años de estancia legal. El resultado es que un rechazo en papel puede convertirse en una regularización de facto por pura demora administrativa.
Ese embudo no es neutral. Fuentes policiales y militares critican que España lleva muchos años aceptando a quienes entran de forma irregular mientras Europa cierra puertas. Como ejemplo, el 1 de octubre España se desmarcó del resto de la UE: el Gobierno de Pedro Sánchez votó contra el reglamento para acelerar las expulsiones de inmigrantes irregulares. Es decir, mientras el resto de socios comunitarios endurecía el marco, España votaba en contra de ese endurecimiento.
Los agentes que trabajan en frontera se fijan en señales concretas. Una de las más citadas son los tatuajes típicos de prisión, como un kaláshnikov o un fusil. La lectura que hacen es directa: si alguien lleva ese tipo de marca, encaja en un perfil yihadista o proyihadista. No es una prueba, pero sí un indicador que activa protocolos. Cuando detectan esos perfiles, alertan a la Comisaría General de Información de que se trata de personas especialmente peligrosas. El problema operativo es el de siempre: sospechan a qué se dedican, pero mientras no tengan algo concreto que imputarles, esas personas deambulan por España. Solo van a centros de inmigrantes si hay posibilidades reales de repatriación.
Las fuentes consultadas describen a estos delincuentes como comunes, tendentes al islamismo y fácilmente manipulables en determinadas circunstancias. La frase que resume su nivel de violencia, según esas fuentes, es que son sujetos capaces de rajar el cuello por quitar cinco euros. Sobre el riesgo yihadista, la Policía mantiene una posición matizada: el peligro existe, el número de radicales es reducido, pero su actuación es tremendamente peligrosa. Esa combinación de pocos y letales es la que justifica el seguimiento constante.
Fuentes de inteligencia militares y policiales sostienen que a Ceuta llegaron yihadistas en el asalto masivo de julio. Los investigadores han detectado al menos dos grupos, y uno de ellos tendría órdenes de ejecutar una acción. Hay sospechas e indicios de que algunos de los 12 yihadistas que permanecen sin ser localizados han cruzado a la Península y se desplazan libremente por España y por Europa. Los demás siguen ocultos, a la espera de cruzar. Tres de ellos son combatientes retornados de Siria e Irak, con alta disciplina militar y veteranía en escenarios de guerra. Se están rastreando comunicaciones cifradas.
La investigación la lleva la Policía Nacional a través de la Comisaría General de Información, que coteja bases de datos biográficas y analiza imágenes de satélite, cámaras del perímetro fronterizo y publicaciones en redes sociales. La Guardia Civil, por su parte, controla el territorio y la frontera con unidades en Ceuta y el Servicio Marítimo en el Estrecho de Gibraltar. El CNI trabaja en interceptación de comunicaciones, balizamiento digital y cooperación con la inteligencia de Marruecos. Toda la información, incluidas huellas dactilares y reconocimiento facial, se comparte con el CENIF y con Europol. La inteligencia estadounidense (CIA, FBI, DIA y NSA) presta apoyo con información confidencial, imágenes de satélite, interceptaciones y rastreo financiero. Preocupan especialmente los adoctrinadores radicales infiltrados en Ceuta: su actividad no requiere preparación especial, pero su influencia implica riesgos evidentes.
El viaje tiene varios caminos. Uno es el avión hasta Túnez y desde allí a pie hacia el norte hasta Argelia. Otro baja por el sur a través de Malí, llega a Bamako, atraviesa Mauritania, sube por Libia y entra por distintas rutas. Existe además la llamada ruta de los pastores de camellos, que sube por la fachada atlántica del Sahel: Senegal, Nuadibú, Cabo Bojador, Casablanca y el Aaiún. Con los vientos alisios, entre septiembre y octubre se recrudece la llegada por esa fachada atlántica. Algunos ya accedieron a España en la entrada masiva y otros siguen llegando en embarcaciones por otras costas.
El cuadro completo es el de un problema que mezcla colapso institucional en origen, rutas consolidadas, un sistema de asilo que tarda años en resolver y una vigilancia policial que trabaja sobre indicios, no sobre certezas. Nada de esto es una película. Es la descripción que hacen quienes están en la frontera. Y como todo lo que toca seguridad y migración, conviene tratarlo con la cautela de quien sabe que los datos son indicios y las conclusiones, provisionales.
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Tengo la solución a este problema, pero no la voy a decir aquí.(mensaje citado en revisión)
Acabar?Esto va a acabar mal.