Alba Flores, pregonera del Orgullo de Madrid entre la polémica
Alba Flores, actriz e hija de Antonio Flores, fue la encargada de leer el pregón del Orgullo LGTBI de Madrid. ¿Puede alguien sostener un discurso anticapitalista desde una de las sagas más mediáticas del país? Su intervención —«Alegres siempre, pese a todo, alegres y combativas. Contra el fascismo de entonces y el de hoy nos sublevamos»— convirtió un acto festivo en una soflama política y reabrió la discusión sobre
quién paga la cultura y quién puede permitirse repartir carnés de demócrata.
¿Qué dijo Alba Flores en el pregón del Orgullo LGTBI?
Lo hizo en Madrid, en el acto que abre las fiestas. La frase central —sublevarse «contra el fascismo de entonces y el de hoy»— no menciona partidos, siglas ni votantes. Tampoco aparece VOX en el texto de su intervención. La lectura de que allí se insultaba a los votantes de la formación de Abascal es una
interpretación que se extendió por redes sociales y que la cita atribuida a la actriz no sostiene de forma literal.
Conviene separar dos planos. Uno es el discurso, legítimo dentro de un pregón. Otro es el reproche de fondo: que quien lo pronuncia vive de un apellido y de un patrimonio que no ha ganado. Ese es el punto que verdaderamente encendió la conversación.
La herencia de Lola Flores y el apellido artístico de la familia
Alba Flores no se apellida Flores. Su nombre completo es Alba González Villa, según se recuerda al calor de la polémica: Flores es el apellido artístico que la saga adoptó para ganar notoriedad. Su padre, Antonio Flores, se llamaba en realidad Antonio González, hijo del músico Antonio González «El Pescaílla» y de Lola Flores, que a su vez usó artísticamente el apellido de su madre.
De ahí nace el reproche económico. Se atribuye a la actriz una herencia de
más de mil millones de pesetas y los derechos de las canciones de su padre, un catálogo con títulos como «No dudaría» o «Cuerpo de mujer» que siguen generando ingresos por ventas y reproducciones. La cifra se repite sin documentación que la respalde. Sobre ese suelo descansa la tesis más repetida: que su anticapitalismo se sostiene sobre un patrimonio que no encaja con la causa que defiende.
Anticapitalismo con patrimonio: la contradicción que centró la discusión
El argumento dominante es que no se puede militar contra el capital y vivir de las rentas familiares. Se compara a la actriz con revolucionarios ilustres —Mao, el Ché, Lenin, Castro o Pol Pot— señalando que casi todos procedían de familias acomodadas y con estudios, ajenas a la realidad del que se levanta a las siete para ganarse un sueldo justito.
La imagen que resume el enfado es la de los
revolucionarios de celofán, criados entre algodones y con una red familiar a la que volver si algo se tuerce. Enfrente, el contraargumento es sencillo: el origen de una persona no invalida sus ideas, y un diagnóstico sobre el poder económico no deja de ser cierto por quién lo formule. Ninguna de las dos partes se mueve.
¿Por qué aparecen las subvenciones culturales en esta polémica?
Porque una parte del rechazo no apunta al discurso, sino al marco en el que se pronuncia. Se sostiene que la actriz defiende lo público desde una posición privilegiada y que su sector —cine, teatro, televisión— vive en buena medida de
dinero público. De ahí el reproche de que pretende que el contribuyente le financie a la vez el sueldo y el mitin.
Es una discusión vieja en España: cuánto debe subsidiar el Estado la cultura, con qué criterios se reparte y si los beneficiarios responden con contrapartidas. Lo llamativo aquí es el envoltorio: un pregón festivo convertido en campo de batalla de ese reparto, y una actriz conocida por su papel en
La Casa de Papel como símbolo de todo el conflicto.
El pasado familiar y las acusaciones que no se prueban
En el reproche se cuela también la historia de la saga. Se afirma que el patrimonio familiar se consolidó durante el franquismo y se insinúa que Lola Flores tuvo problemas con Hacienda, un episodio convertido en lugar común popular. Son afirmaciones que la interesada no puede rebatir y que, en cualquier caso, no convierten a su nieta en responsable de nada.
A eso se suma, en el tramo final de la conversación, un repertorio de descalificaciones sobre su físico, su orientación o su talento que no aporta un solo dato y que deja el asunto muy lejos de la economía. Cuando el argumento se agota, aparece el insulto. Sucede en todas las trincheras.
Con estos mimbres, el pregón ha dejado un titular, una cita y una pregunta incómoda. Si el anticapitalismo tuviera que acreditar patrimonio, se quedaría sin portavoces. O quizá con demasiados.