La OCU elige Mahou como la mejor cerveza por menos de 65 céntimos
La mejor cerveza de España cuesta menos de 65 céntimos y se llama Mahou. Eso es lo que concluye la OCU y lo que, en cuanto se raspa la superficie, se sostiene sobre un terreno movedizo: medir la «relación precio-valor» de una cerveza con la misma vara que la de un detergente tiene trampa. Porque lo barato y lo vendido no siempre es lo bueno, y el propio sector lleva años discutiendo esa ecuación.
El informe sitúa a Mahou al frente con un
20% del mercado español, seguida de Amstel —propiedad de Heineken— con un 14,8%, San Miguel con un 11,6% y la marca blanca de Carrefour con un 6,7%. El mismo documento define la cerveza como una palabra celta latinizada en cervesia, una bebida fermentada a partir de la germinación de cereales —sobre todo cebada— a la que se añade levadura y se aromatiza con lúpulo. Al diccionario no hay nada que objetarle. Al veredicto, bastante.
Por qué lo más vendido no es lo mejor
Aquí arranca el desacuerdo. Una corriente sostiene que el documento es un publirreportaje con envoltorio técnico: correlaciona volumen de ventas con calidad y llama «mejor» a la que más litros mueve. El argumento tiene su lógica comercial. Ese 20% de cuota no premia el paladar, premia la distribución, el precio en barra y la presencia en cada bar de cada barrio.
Hay quien apunta otro detalle incómodo: los estudios de la OCU se apoyan en encuestas entre sus socios, no en catas instrumentales. El resultado retrata el gusto medio —y el bolsillo medio— más que el perfil de sabor de cada marca. La Mahou no sale mal parada en pruebas a ciegas, conviene decirlo. Pero ganar por precio no es ganar por sabor.
Cebada, arroz, maíz y azúcar: el pleito de los ingredientes
Otra línea ataca el producto por la receta. Se sostiene que buena parte de la cerveza que se bebe en España no debería llamarse así si lleva arroz, maíz, azúcar o colorantes, y que el etiquetado no siempre lo grita. Es un eco de la vieja
Ley de Pureza alemana, que solo admite agua, malta, lúpulo y levadura. Bajo ese criterio, medio lineal del súper queda fuera de concurso.
La crítica admite matices. El azúcar no siempre es un pecado: en muchas cervezas de fermentación en botella se añade un fermentable para generar las burbujas, y en estilos belgas el azúcar candy forma parte de la receta para subir la graduación. El problema no es el ingrediente, dicen los más entendidos, sino esconderlo. La lista de acusados habituales incluye marcas blancas de supermercado, mientras las grandes cadenas reivindican calidad «a precio mejorado» en sus propias referencias.
¿Hace falta un maestro cervecero para una lager industrial?
La discusión más técnica enfrenta a los defensores de la artesana con los de la industrial, y la tesis fácil —«una lager de fábrica la hace cualquiera»— se cae rápido. Hacer una lager es más difícil que hacer una porter, porque en una lager no hay dónde esconder los errores. El trabajo de un maestro cervecero industrial es menos romántico y más complejo de lo que se supone: diseñar recetas con estabilidad proteica para que no se enturbien, evitar que el sabor envejezca, acortar tiempos de fermentación sin perder calidad y fijar controles para que la botella un millón sepa como la primera.
El contraargumento también tiene recorrido. Una receta que lleva décadas afinándose hacia abajo —cada vez más barata— no es alta cocina, es ingeniería de costes. Y quien clava una imperial stout, una gose con frutas o un trigo decente no es el mismo perfil profesional. Ahí llega el detalle que rompe el relato: el grupo Mahou San Miguel es dueño de la estadounidense Founders, y su KBS es cerveza industrial y cervezón a la vez.
¿Cuál es, entonces, la mejor cerveza de España?
Depende de a quién se pregunte, y ahí está la gracia. Una cata casera entre once personas, sin pretensiones, coronó a la
Argus Suave del Lidl con un 5 sobre 5. La Mahou quedó por encima de Estrella Galicia, Alhambra y Turia. La Cruzcampo cerró la tabla, y eso que los participantes la detectaron.
En el terreno local cada zona tiene su campeón: Alhambra 1925, Estrella Galicia, Ámbar de Zaragoza, la Victoria de Málaga, la SuperBock Abadia portuguesa o la Franziskaner alemana. Y late una regla sencilla que resume el asunto mejor que cualquier informe: cuanto menos viaje la cerveza, mejor llega al vaso.
Con estos mimbres, defender que Mahou es mala sería tan exagerado como creerse el ranking. Es una cerveza correcta, sentimental en Madrid, y con el sello de la OCU venderá más. Que la organización vuelva a cambiar de ganador no significará que el paladar español haya mudado, solo que las encuestas cambian de socio según el año. Y mientras, cada cual seguirá eligiendo la suya en la barra de siempre.