La manía de llamar a todos comunistas vacía la palabra de significado
Decir que Pedro Sánchez, Emmanuel Macron, Von der Leyen o Keir Starmer son comunistas tiene la misma utilidad analítica que llamar liberal a un inspector de Hacienda: ninguna. La etiqueta se ha convertido en un cajón de sastre para todo lo que desagrada a un sector de la derecha, pero también se usa como arma defensiva desde el centro. Cada bando la maneja según le conviene y, de tanto uso, el término ya no describe nada.
El doble rasero del centro europeo
El analista Schwarz puso el dedo en la llaga al criticar a Vox por llamar comunistas a políticos moderados. Cierto que Sánchez o Starmer no son marxistas. Pero la defensa del «centro democrático» de Von der Leyen y compañía cae en la misma trampa. Presentar a la presidenta de la Comisión Europea como el colmo de la democracia liberal clásica es un chiste: su agenda de pacto verde, censura digital e ingeniería social habría hecho las delicias de un burócrata soviético. No es comunismo, pero tampoco es el liberalismo de manual que pretenden vender.
La veneración por Angela Merkel es el mejor síntoma. Se la elogia como «derecha humana» frente a Trump, Le Pen o Meloni y se la presenta casi como una socialdemócrata. Sus críticos recuerdan que dejó a Europa con el gas ruso hasta las cejas y con las fronteras desguarnecidas. La etiqueta de «centro» sustituye al análisis de gestión real.
De Soros a la AfD: todas las etiquetas valen
La contradicción llega al absurdo con George Soros. Llamarle comunista es el colmo del cinismo: el financiero fue uno de los principales responsables de la caída de la URSS, dato reconocido hasta por miembros del gobierno estadounidense. No es comunista ni tampoco un humanitario: es un tiburón del capitalismo especulativo que financió «revoluciones de colores». Pero la caricatura sirve igual para la derecha que para la izquierda cuando conviene.
El mismo atajo mental se aplica al votante de Alternativa para Alemania: etiquetar a todo el partido como extremista evita discutir inflación, desindustrialización o políticas migratorias. Unos echan la culpa a los comunistas, otros a los extremistas; así se evita hablar del fondo.
El resultado es un empobrecimiento del lenguaje político. Cuando todo es comunismo, nada lo es. Y mientras los bandos sigan usando el término como arma arrojadiza, el debate sobre economía y libertades seguirá aparcado en la cuneta.