Vivir 100 años: el plan de los langostos para no soltar la herencia
Un matrimonio octogenario con más de un millón de euros en patrimonio y una salud que apunta a los 95. Para sus hijos, a las puertas de los 60, la herencia se ha convertido en un horizonte lejano: llegará cuando apenas les sirva para mejorar la jubilación. La longevidad, ese triunfo de la medicina, está reescribiendo las reglas de la transmisión de la riqueza.
El nuevo ciclo es despiadado: se vive hasta los 90, se dejan los bienes a hijos de 65 y la herencia salta directamente de abuelos a nietos. La generación nacida entre 1970 y 1990, la que ha pagado hipotecas caras y salarios bajos, queda en tierra de nadie: morirá “en el remo” sin ver ni un miserable ladrillo. Mientras, sus padres, los langostos, gozan de una década extra de vida gracias a los avances médicos.
El agravio tiene lectura de clase. Los tratamientos que alargan la vida llegarán primero por la vía privada. El inquilino que pagó alquiler toda su vida fallecerá a los setenta; su casero, con varios pisos en alquiler, se permitirá estirar la existencia hasta los 130. La muerte, que hasta ahora igualaba, se convierte en un privilegio más.
Algunos lo resuelven en vida: regalos, pisos a bajo coste, donaciones. Son los langostos generosos. Pero el diagnóstico es claro: la herencia ha dejado de ser una esperanza para convertirse en una quimera. Y mientras la langosta vive 100 años, los nacidos en los 70 y 80 ven alejarse un patrimonio que quizá no tocarán. Están avisados.