Inmigración: el ejército de reserva que la derecha y la patronal siempre quisieron
La tesis de que la inmigración masiva beneficia sobre todo al capital no es nueva, pero cada cierto tiempo resurge con fuerza. El caso más célebre lo protagonizó el presidente francés Georges Pompidou, quien en 1973 reconoció haber abierto las fronteras a petición de empresarios como Francis Bouygues para disponer de mano de obra dócil y barata que presionara a la baja los salarios y debilitara al movimiento obrero. «Siempre quieren más», dijo sobre los empresarios.
Cincuenta años después, el esquema se repite. Mientras ningún partido se atreve a pedir más inmigración abiertamente, la patronal lo hace sin complejos. El analista Alain de Benoist documenta esta estrategia desde el siglo XIX: las grandes empresas han utilizado la inmigración como herramienta para contener costes laborales y romper la unidad sindical. La paradoja es que parte de la izquierda también reclama más inmigración por razones humanitarias, lo que genera una coincidencia objetiva de intereses con la patronal.
En España, el PP ha lanzado la estrategia de captar el voto latino con su plan de «nuevos españoles», alentado por el éxito de Ayuso. Pero desde otras posiciones se denuncia que la izquierda ha abandonado la lucha de clases y que, en la práctica, es VOX quien defiende los intereses de los trabajadores nacionales al oponerse a la inmigración masiva. El debate, como otros muchos, enfrenta a quienes ven la inmigración como un derecho humano y quienes la consideran un instrumento del capital para abaratar la mano de obra. La confesión de Pompidou sugiere que estos últimos llevan la razón histórica, pero el relato dominante sigue ignorándolo.