La imagen de Rusia se agrieta: del mito militar al fiasco
La economía alemana duplica en tamaño a la rusa y acaba de recordar que necesita un ejército. Ese es, quizá, el efecto colateral más citado del desgaste ruso. La proyección del país como potencia militar, como metrópolis alternativa y como actor por libre de la geopolítica se ha roto en unas pocas semanas, y con ella la de un dirigente que pasó de espía de cine a dirigente autoritario. La estampa ya no es la del oso: es la del tractor.
Lo llamativo no es la caída, sino la velocidad. De los desfiles de tanques listos para llegar hasta Lisboa a los tractores que remolcan blindados averiados a
cincuenta kilómetros de la propia frontera. La imagen de Rusia ha quedado tocada y el daño no se mide en territorio conquistado, sino en respeto perdido.
La farfolla, dicen algunos. Todo era cartón.
De los desfiles de tanques a los tractores a 50 kilómetros de la frontera
El mito tenía nombre y tenía fecha. La Rusia de Putin a lomos de un oso, de las armas secretas, de los misiles nucleares y de los supersoldados se ha desintegrado en cuestión de semanas. En su lugar queda la imagen de una nación a la que se le atribuye un comportamiento chapucero y sanguinario, incapaz de intimidar a las potencias del primer mundo.
La analogía más repetida es de discoteca. Es salir a la puerta del local a hacerse el gallito y que el tonto del pueblo te dé un sopapo y te deje KO.
Conviene tirar de hemeroteca. Ya en
Georgia y Chechenia el desempeño del ejército ruso fue mediocre, aunque entonces apenas aparecía en televisión. Lo único realmente temible del arsenal ruso era —y sigue siendo— el arma nuclear. El resto, propaganda.
¿Por qué se ha dañado tanto la imagen de Rusia?
Aquí el análisis se parte en dos. Hay una corriente que sostiene que el deterioro no responde a hechos objetivos y racionales, sino a que el país se ha convertido en el único blanco de la maquinaria propagandística occidental. Cualquier nación, religión o persona colocada en ese punto de mira saldría igual de tocada. El argumento tiene su lógica: el enemigo designado siempre acaba dibujado con un solo trazo.
La objeción se apoya en el detalle. Una cosa es el relato y otra la lista de conductas que otro participante acumula contra el Kremlin: envenenamientos de opositores, encarcelamientos, una sociedad civil desarticulada y un capitalismo de amiguetes repartido entre un puñado de leales.
Hechos objetivos y racionales, los llama.
Y sobrevuela una pregunta incómoda: si el desgaste por propaganda fuera tan determinante, la imagen estadounidense no habría quedado destruida tras Vietnam, Afganistán, Irak o Libia. Así lo plantea al menos uno de los intervinientes.
El rearme alemán y el zarpazo de China
Dos ganadores se perfilan. El primero es
Alemania, que con esta aventura fallida ha despertado su rearme y tiene dinero para construir fuerzas armadas decentes: su PIB dobla el ruso. El segundo es China, que se comería a Rusia por los pies en una lógica de dependencia comercial.
La pregunta que sobrevuela es qué ofrece hoy un país que se ahoga atacando a la nación más pobre de Europa y que ha visto cómo se le esfumaba la carta de superpotencia. En Hispanoamérica, en Siria y en otros escenarios, su proyección como agente internacional queda en duda. Hay quien añade otro destinatario silencioso: el dólar. El desenlace de la guerra económica decidirá si el sistema monetario dominante aguanta o se agrieta. Solo el tiempo.
Las grietas internas: economía estancada desde 2008
El frente que menos titulares da es el de dentro. Un participante sostiene que la economía rusa lleva desde
2008 cayendo a cámara lenta y que el país no funciona como relato de prosperidad. Sobre ese fondo, la pregunta del análisis más frío es qué ocurre con los territorios que componen la federación.
Si Kiev despega con fondos europeos mientras Moscú se humilla, los movimientos nacionalistas tienen material. Una potencia construida sobre la intimidación y el miedo pierde los dos pilares a la vez, y el abanico de escenarios sigue abierto: desde un proceso de fragmentación interna hasta una Corea del Norte gigante a merced de Pekín.
La predicción más prudente es que Rusia tardará años en recuperar lo que perdió en semanas, si es que lo recupera. Pero conviene desconfiar de los cierres rápidos: la misma maquinaria que hoy la retrata como encarnación del mal puede resucitarla mañana como aliado imprescindible. Falta ver a quién le interesa.