España pasa de 21 familiares por persona a 12,5 en 2095
Un niño nacido en España que llegue a los 65 años en 2095 conocerá a
12,5 parientes directos. Su bisabuelo de hoy maneja 21. El estudio coordinado por el
Instituto Max Planck de Investigación Demográfica de Rostock, publicado en la revista PNAS, proyecta que la red familiar media se desplomará más de un tercio antes de que acabe el siglo. No es un augurio, es aritmética de nacimientos: menos niños, menos tíos, menos primos. Y la factura no la paga la nostalgia, la pagan los cuidados de quien se queda solo.
Las tres fuerzas que vacían el árbol genealógico
El investigador Diego Alburez-Gutiérrez, que coordina el proyecto sobre desigualdades de parentesco, resume el resultado en tres rasgos:
familias más pequeñas, más estrechas y más alargadas. Primero cae la fertilidad, cada vez más baja y más tardía. Después envejece la propia red, porque la diferencia de edad entre una persona y sus parientes se agranda. Y por último la estructura se vuelve vertical: un bebé de ahora disfrutará más tiempo de padres, abuelos e incluso bisabuelos, pero a cambio tendrá menos hermanos, menos tíos y menos primos.
El caso chino ilustra el giro con una claridad brutal. Los primos constituían el
39% de la red familiar de un recién nacido en 1950; en 2095 serán el 7%. Bisabuelos por un lado, orfandad horizontal por el otro. La traducción al castellano de esa foto es sencilla: la mesa de Nochebuena no se queda sin sillas, se queda sin gente que quepa en ellas.
¿Cuántos familiares tendrá un español en 2095?
Doce y medio, frente a los 21 de media hace 75 años, según las proyecciones recogidas. Para medirlo, los autores toman como referencia a una mujer hipotética de 65 años —la llaman «señora Focal»— y reconstruyen su parentela viva en distintos momentos y países. En el promedio global, esa mujer pasó de 41 parientes a mediados del siglo pasado a no más de 25 dentro de medio siglo. En Zimbabue el desplome llega al
71%, de 82 a 24 familiares. En Italia, el país con los hogares más pequeños de todos los analizados, la caída se queda en torno al 30%, de 18 a menos de 13, porque allí la sangría de la natalidad lleva décadas descontando árbol genealógico.
España no es una excepción, pero tampoco un récord: su descenso se parece al de su entorno. Lo llamativo no es el total, es la composición interna. Los expertos hablan de una creciente
polarización: antes las familias tenían una distribución bastante homogénea y ahora la fecundidad se concentra en pocos grupos mientras crece la gente sin un solo hijo.
El hogar español ya no llega a 2,5 personas
Los datos domésticos apuntan en la misma dirección. El tamaño medio del hogar en España ha caído
por primera vez por debajo de 2,5 personas, cuando en los años setenta la media rondaba las cuatro. La antropóloga María José Garrido Mayo, especialista en crianza infantil, lo atribuye a un cambio radical en la forma de vivir: la familia extensa que residía cerca, habitual hace unas generaciones, se ha deshilachado con la movilidad, la vivienda y la organización del trabajo. Lo que antes era una red de vecindad y parentesco hoy es un piso pequeño y una videollamada.
Ahí aparece el efecto menos visible y más caro. La red familiar ha funcionado como
amortiguador en cada recesión y como primer sistema de cuidados: guardería, dependencia, enfermedad, mudanza. Si la red se encoge, la cobertura se desplaza al mercado o al presupuesto público, y ninguna de las dos vías sale gratis.
Quién paga los cuidados cuando no hay familia
Ese es el nudo económico del asunto. Con menos hermanos y primos, el reparto de una herencia se simplifica y se complica a la vez: sin sobrinos ni hijos que reclamen, el destino final puede ser el Estado; con varios herederos, el conflicto por una casa y cuatro tierras familiares sigue a la orden del día en el ámbito rural. Y hay quien recuerda que la caída demográfica no es un accidente meteorológico. El informe de la Comisión de Población y Desarrollo de Naciones Unidas elaborado por la Universidad de Oxford en 2020 avisaba de que el mundo está muy cerca de su
pico de natalidad y de que, si la tendencia se mantiene, la población del planeta se reduciría por primera vez desde la peste negra.
La soledad no deseada y la deriva identitaria
En la conversación pública conviven diagnósticos que apenas se hablan entre sí. Una línea lo lee como elección individual: comodidad, presente perpetuo, un gato castrado en lugar de descendencia. Otra señala el marco institucional y cultural, y sostiene que el desmontaje de la familia tradicional ha sido una política consciente y sostenida en el tiempo. Una tercera apunta a la clase: las familias con patrimonio mantendrán descendencia y redes, mientras el resto se queda con el aislamiento y con la administración como único pariente.
Hay además una cuarta corriente que desplaza el foco hacia la identidad y la demografía étnica con tesis de reemplazo que los propios datos del estudio no respaldan. Conviene separar el dato de la consigna: el informe mide parentesco, no culturas, y sus proyecciones son universales, de Zimbabue a Italia. El mismo desplome está proyectado en países con realidades religiosas, migratorias y económicas que no se parecen en nada.
Lo que el estudio no resuelve es la pregunta política de fondo: si esto es un problema que admite solución —natalidad, conciliación, vivienda, cuidados— o una tendencia estructural que solo se puede gestionar. Cada respuesta cambia quién paga la factura y quién se queda solo. Y ahí, exactamente ahí, se atasca todo.