Comida: ¿por qué tanta gente se ha vuelto insoportablemente selectiva?
Hay quien se lleva su propio Yatekomo a un bautizo porque no come otra cosa. Hay quien pesa 120 kilos y solo consume hamburguesas y pizza. Y hay quien teme al azúcar, al colesterol, a las hormonas de la carne y a los pesticidas de la verdura. El fenómeno de la ultraespecialidad alimentaria no es nuevo, pero en los últimos años parece haberse disparado. Detrás hay desde razones médicas reales hasta puras fobias sociales.
Los dos extremos: el que no come nada y el que no come casi nada
Por un lado están los que reducen su dieta a un puñado de alimentos procesados. Una mujer de más de cuarenta años lleva dos décadas alimentándose exclusivamente de macarrones con tomate Orlando y pollo Yatekomo. En el otro extremo, los que se niegan a probar cualquier cosa que consideren "no saludable": se rechazan los carbohidratos, las grasas, el marisco (comparado con insectos), el pescado (calificado de olor repulsivo), el pan blanco, el chocolate e incluso la fruta —acusada de engordar y de ser "de maricones". La ironía es que ambos grupos comparten una rigidez que a menudo poco tiene que ver con la salud real.
¿Salud o neurosis?
El dato que justifica muchas de estas actitudes: en España hay cinco millones de diabéticos, el 90% con diabetes tipo 2 asociada a obesidad, y la mitad sin diagnosticar. Cuando se cumplen 55 años, no cuidar la alimentación pasa factura. Pero la frontera entre la precaución razonable y la obsesión es difusa. Hay quien tiene alergias confirmadas por el Clínic de Barcelona, y quien simplemente sigue modas como el miedo a los conservantes o la quimiofobia. La máxima que aparece: "Ni tanto ni tan calvo".
El placer de comer, en entredicho
Una corriente minoritaria defiende que comer es un coñazo y que solo debería ser combustible. "Proteínas y calorías justas para moldear el cuerpo", proclaman. Frente a ellos, los defensores del disfrute gastronómico: "Si no te gusta el pescado en ninguna de sus vertientes, tienes el paladar de una niña". El choque es cultural tanto como médico.
La pregunta que queda en el aire es si hemos perdido la capacidad de comer sin culpa, o si —con los datos en la mano— es mejor pecar de precavidos. La respuesta, como casi siempre, depende de a quién le preguntes.
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