El ruido de los vecinos como termómetro sexual de Occidente
En un edificio de hormigón y pladur, el sexo de los demás se cuela por las paredes antes que cualquier otra cosa. Ese es el punto de partida de una discusión que arranca con una observación doméstica —cambio de piso, vecina de arriba audible hasta el mínimo detalle— y termina convertida en un ajuste de cuentas con la vida sexual del mundo occidental. La tesis del que abre el melón es incómoda:
se folla poco y cada vez menos, y la prueba está en lo raro que resulta escuchar a alguien hacerlo.
El diagnóstico se apoya en una intuición más que en un censo. Quien escribe mantiene pareja estable y actividad regular, y reconoce que en su caso
se oye todo. Lo llamativo, dice, es lo contrario: lo excepcional que resulta escuchar a un vecino. De ahí salta a una conclusión de brocha gorda: si apenas se oye, apenas se practica. Y remata con una frase que resume el ánimo del asunto:
así está el mundo de desquiciado.
La virginidad que se dispara y el porno como sucedáneo
El primer dato que se pone sobre la mesa no es un estudio, sino una impresión: el porcentaje de vírgenes menores de 25 años estaría en
máximos históricos. No hay encuesta que lo respalde en la conversación, pero la afirmación funciona como marco. A partir de ahí, el porno aparece como el gran sustituto: disponible, gratuito y en calidad creciente. Un participante lo formula sin rodeos: la gente aguanta gracias a ese sucedáneo, ahora en 4K.
La queja se repite con variantes. Que el sexo está sobrevalorado si se ha practicado lo suficiente cuando tocaba. Que el precio del encuentro —en esfuerzo, en tiempo, en dinero— se ha encarecido hasta hacerlo poco rentable. Que hay que mendigar y compensar algo que, sobre el papel, debería ser instinto puro. La conclusión de ese bloque es siempre la misma:
la paja gana por goleada a cualquier gestión de pareja.
El aislamiento acústico como excusa perfecta
Hay una línea de defensa técnica que desmonta media discusión: los pisos nuevos no dejan pasar nada. Construcción reciente, buen aislamiento, y ni fiestas ni gemidos llegan al vecino. Quien vive en uno de esos edificios no oye follar, y sospecha que a él tampoco le oyen. En el piso anterior, en cambio, escuchaba hasta la cisterna. La arquitectura, viene a decirse, decide qué sabemos de la vida sexual ajena.
La contraofensiva llega desde el otro extremo. En edificios viejos de paredes finas, el relato cambia por completo:
hasta la más discreta folla, y hay quien describe retransmisiones involuntarias a todo el patio interior. Una experiencia repetida en bloques de ciudad universitaria, donde la rotación de inquilinos garantiza variedad de horarios y de decibelios. La conclusión es tan simple como incómoda: lo que se oye depende menos de lo que se folla que de dónde se vive.
El teatro en la cama y la queja del vecino
Una corriente sostiene que el problema no es la frecuencia, sino la puesta en escena. Se folla, pero se sobreactúa. Camas que chirrían, gritos impostados, golpes contra la pared. La recomendación es casi doméstica:
follar de tranqui, sin montar un espectáculo. Si no hay muelles de los años cuarenta ni cabecero suelto, el acto no tiene por qué sonar a nada.
Del otro lado están los testimonios de convivencia. Una vecina que aporrea la puerta cada vez que hay actividad y describe la escena con todo detalle. Un ático con una pareja joven que despierta a los de abajo a base de gritos. Un edificio donde los perros y la
familia numerosa completan el cuadro sonoro. La intimidad, en una colmena humana, es una ficción legal.
Quién folla y quién no: el reparto desigual
El tramo final del intercambio abandona la acústica y entra en el reparto. Una tesis recurrente:
folla mucho un porcentaje pequeño, y el resto mira. Se habla de hipergamia, de pérdida de poder adquisitivo masculino, de grupos donde varios hombres orbitan a una sola mujer. La escena del viernes noche se describe con sorna: cuatro o cinco candidatos y una sola persona a la que cortejar.
Frente a ese relato, la experiencia de barrio lo contradice a medias. En bloques con inquilinas jóvenes, la actividad es constante y variada. No hace falta ser un modelo:
hasta la más down folla, se asegura. La discrepancia entre ambas observaciones no se resuelve, y probablemente no se resolverá: cada uno mira su rellano y saca conclusiones sobre el planeta.
El sesgo de preguntar en el sitio equivocado
La objeción metodológica más sólida llega casi al final: preguntar por la frecuencia sexual en un entorno concreto es como preguntar en un festival de tecno quién no se droga. El resultado está contaminado de antemano. Quien responde tiene un perfil, y ese perfil no representa a la población.
Los datos que se sacan de aquí no valen para nada, y sin embargo son los que alimentan la sensación general.
Queda el ruido de fondo, nunca mejor dicho. La vida adulta —hijos, cansancio, cuerpo que cambia— reorganiza prioridades y reduce el margen. Una madre de dos lo resume sin dramatizar: todo es temporal, toca cuidarse y aguantar el tramo. La pareja, mientras tanto, espera su turno en la lista de urgencias domésticas.
¿Y si el termómetro no fuera el ruido, sino el silencio?