Disturbios en Valencia tras la derrota del equipo: policía y aficionados
¿Por qué se lía en la puerta de Mestalla cuando el equipo lleva seis puntos de treinta posibles? La respuesta corta es que el fútbol funciona como válvula de escape de un malestar más profundo. La respuesta larga es que, tras la derrota contra la UD Las Palmas, aficionados se concentraron en los aledaños del estadio, la policía tomó posiciones y se produjeron cargas. Los incidentes no fueron una simple pelea de barrio: hay un dueño ausente, un club que no ficha, una afición que se siente estafada y una ciudad con problemas mucho más graves que nadie discute en la calle.
La mecha: seis puntos en diez partidos y un dueño que no aparece
El detonante inmediato fue deportivo.
Seis puntos en diez partidos es un arranque que roza el descenso y que, en un club con la masa social del Valencia, equivale a una declaración de guerra. La grada lleva tiempo señalando a
Peter Lim, el propietario que compró el club y que, según la versión más repetida, solo vende, no ficha y deja que el equipo se desangre. La policía tuvo que intervenir en los aledaños de Mestalla, y los vídeos de las cargas circularon rápido.
La indignación no es solo por perder. Es por la sensación de que el club se ha convertido en un activo financiero mientras la afición paga entradas, abonos y desplazamientos para ver un proyecto sin rumbo. Hay quien sostiene que el descenso sería incluso deseable: forzaría al dueño a vender. Otros creen que eso es jugar con fuego y que el club no se recuperaría.
De la protesta al vandalismo: direcciones de Peter Lim y pelotas de tenis
La cosa escaló. Según mensajes difundidos en canales de mensajería, grupos de aficionados empezaron a compartir
direcciones y sedes de inmuebles de Peter Lim en la ciudad. La policía se movilizó para impedir actos de vandalismo. Otras propuestas que circulan:
boicotear el partido contra el Real Madrid tirando miles de pelotas de tenis al campo en el minuto 19, o directamente apedrear a los jugadores del Madrid para forzar la salida del dueño. Son ideas que se lanzan en caliente, sin filtro, y que mezclan protesta legítima con delito.
El club no ha dado señales de movimiento. La patronal del fútbol tampoco. Y mientras tanto, la ciudad asiste a un espectáculo que avergüenza a muchos valencianos: los mismos que no salen a manifestarse por la vivienda, la sanidad o la educación sí se concentran para increpar a un equipo.
El contraste que duele: fútbol sí, vivienda no
Aquí está el punto que más se repite en cualquier conversación posterior.
La vivienda, la sanidad, la educación, el precio de los alquileres son problemas que afectan a la mayoría, pero no llenan las calles. En cambio, una racha de malos resultados sí. Hay quien lo atribuye a un proceso de atontamiento colectivo, a años de ingeniería social o simplemente a que el fútbol ofrece una identidad barata y un enemigo claro. La comparación con los disturbios de Nika, cuando una pelea entre facciones de carreras de carros en Constantinopla acabó en revuelta contra Justiniano, no es gratuita: el pan y circo funciona desde hace siglos.
No todo el mundo compra ese marco. Una parte de los aficionados sostiene que protestar por su club es tan legítimo como protestar por cualquier otra cosa, y que la gestión de Lim es un expolio a una institución centenaria. El problema no es el fútbol, dicen, sino que el fútbol es lo único que todavía tiene una estructura organizada para canalizar el cabreo.
¿Qué pasa ahora con el Valencia y las protestas?
El asunto sigue abierto. No hay dimisión, no hay venta, no hay plan. La policía mantiene presencia en los aledaños en días de partido. Las propuestas de boicot para el próximo encuentro contra el Real Madrid siguen circulando, y no está claro si se llevarán a cabo ni con qué consecuencias. Lo único seguro es que la afición ha pasado de la resignación a la acción, y que el club no ha movido ficha.
Lo llamativo es que, con seis puntos de treinta, la indignación sea tan selectiva. Pero eso ya lo sabíamos: el fútbol es el opio del pueblo, y el pueblo, cuando se le acaba la dosis, monta una batalla campal en la puerta del parking.