Marca blanca, coche de 20 años e IMV: radiografía del consumo
El español medio no está tieso: está estirando una película que ya no da más de sí. El
coste de la vida se ha comido el margen, y las pruebas están en la cesta de la compra, en el garaje y en el salón:
marca blanca, coches de 20 y 25 años circulando y una suscripción de Netflix donde antes había cine con palomitas y los niños. Lo que era santo y seña de la España de los 90 —Bimbo, Danone, el coche recién salido del concesionario— se ha ido
al garete.
Hay consenso en el diagnóstico y ninguno en el culpable. Unos señalan al Gobierno; otros, a una oposición que no cambia nada cuando manda; los más veteranos recuerdan el dicho de que se vota a exprimidores siendo
limones. Y en medio, un hecho que nadie discute: el consumo se ha apretado mucho más deprisa de lo que se ha apretado la renta.
¿Por qué Danone y Bimbo dejan de venderse?
Porque la marca blanca se ha comido al fabricante. La referencia que se sostenía incluso en la crisis de 2007 a 2016 ha entrado en una espiral en la que no vende ni acercándose al precio de coste. La pregunta que flota es incómoda: cuánto tiene que apretarse una familia para que le dé igual pagar
0,25 euros por un yogur de marca que 0,20 por el de la distribución. Cuando la diferencia es de cinco céntimos, uno no elige por precio: cuenta cada moneda.
No es solo el lácteo. Las cadenas de barateo y los bazares han hecho
su agosto con un cliente que antes ni pisaba esos establecimientos. Las grandes marcas sostienen buena parte de su negocio produciendo precisamente la marca blanca que les come el lineal. El fabricante que fue escaparate de la clase media acaba de proveedor invisible.
¿Cuántos españoles tiran del IMV y cuántos están sin empleo?
Dos millones de personas dependen del Ingreso Mínimo Vital y más de cuatro millones en edad de trabajar no tienen trabajo. Son las dos cifras que sostienen el relato del país que no levanta. Sobre ellas se monta la discusión de fondo: si buena parte de la población vive de la ayuda o malvive de un salario que no llega, la economía doméstica deja de ser un colchón y pasa a ser una cuerda tensa.
La controversia está servida. Una corriente sostiene que existe un incentivo perverso a vivir de la prestación; la contraria responde que cuatro millones de parados no se explican por desgana, sino por un mercado laboral que expulsa. Nadie, en ninguno de los dos bandos, discute que el colchón se ha adelgazado.
El coche de 20 años y la casa que no llega
El eléctrico asequible sigue siendo casi una entelequia: el único que un bolsillo medio puede permitirse ronda los
18.000 euros, y buena parte del precio lo adelantan las ayudas. Mientras tanto, circulan coches de 20 y 25 años, y quien tiene uno de 15 lo cuida como una reliquia. Varios de los que parecen recién matriculados son de
renting, y comprobarlo es tan fácil como pedir el informe a tráfico.
La vivienda pesa más. Alquilar una casa digna en Madrid se come más de
1.000 euros al mes, y ese solo concepto destroza el presupuesto de la mayoría; quien tiene el piso en propiedad paga comunidad e IBI, entre 150 y 200 euros, y respira. El desglose de rentas por tramos —los hogares que van sobrados con 60.000 o 70.000 euros al año frente a los que no llegan con menos de 20.000— dibuja tres mundos dentro del mismo país.
La clase media que se parte en dos
La foto más repetida es la de una clase media que se deshilacha: de una mayoría del
70% se ha pasado a un 30%, la clase baja trepa del 20% al 50% y una clase alta renovada llena los locales caros. No es solo una impresión. Dos sueldos de 1.300 euros juntos no llegan al mismo sitio que dos de 3.000, y quien cobra en la banda baja lo pasa peor que nunca, sobre todo si es soltero, divorciado o el único sustentador del hogar.
El efecto secundario es cultural. Las familias que atravesaron el golpe de 2008 quedaron con otra relación con el dinero, y eso se nota en cada ticket repasado y cada prenda estirada. El negocio que antes dejaba un margen sano —una panadería de barrio que cerraba el año con
300.000 euros de beneficio— pierde dinero con el trigo, la energía y los impuestos por las nubes.
¿Dónde sigue habiendo dinero?
En los sitios pijos, que están más llenos que nunca. Una mesa de tres en uno de los restaurantes vascos más conocidos de Madrid sale por
280 euros, y hay que reservar con tiempo. Los menús de franquicia y los locales de kebab a 8 o 9 euros también van a tope, pero por la razón contraria: son la única salida que el bolsillo aguanta.
La predicción, con reservas: si nada cambia, el gasto seguirá migrando hacia el barateo y la marca blanca, y las dos Españas del consumo —la que llena los reservados y la que repasa el ticket— se separarán un poco más cada año. Habrá excepciones, siempre las hay. Pero la foto del carro de la compra no invita a pensar que esta película vaya a estirarse sin romperse.