Will Smith y los espaguetis: así ha cambiado la IA en solo 3 años
En 2023, un vídeo de Will Smith comiendo espaguetis generado por inteligencia artificial se convirtió en meme por su aspecto grotesco. Tres años después, la tecnología ha avanzado hasta el punto de que ya se pueden ver películas completas creadas con IA, y el debate sobre su impacto económico y laboral está servido. La pregunta ya no es si la IA puede hacerlo, sino quién pagará la factura y qué pasará con los empleos del sector audiovisual.
La evolución técnica: de la parodia al cine completo
Lo que en 2023 era una broma de mal gusto —Will Smith con espaguetis saliéndosele por las orejas— hoy es una realidad incómoda para muchos. Un participante afirma estar viendo una película entera hecha con IA, de unos 70 minutos, y aunque reconoce que «se nota que el tío lo hace por tomas» y hay cambios evidentes en las caras de los protagonistas, asegura que le está gustando. La comparación con los inicios del cine sonoro o del color se repite en el análisis: cada salto tecnológico ha sido recibido con escepticismo y luego ha redefinido el medio.
El salto de calidad es indiscutible. Los modelos actuales, como los que se enfrentan en comparativas públicas (Kling 3.0, Seedance 2.0, Sora 2, VEO 3.1), ya no generan solo clips absurdos. Hay quien sostiene que en 2027 será indistinguible de una escena real de película. Y no es solo entretenimiento: hay quien sostiene que los modelos de vídeo son también modelos del mundo, capaces de entrenar robots al entender limitaciones físicas y dinámicas.
El impacto económico: productividad extrema y destrucción de empleo
La mejora de productividad es el argumento más repetido. Según un cálculo que circula en el debate, un anuncio que antes costaba 100.000 euros y tres semanas de rodaje ahora se puede producir en una tarde por 1.000 euros. «Donde trabajaban 100 ahora trabajarán 5», resume un análisis. El sector audiovisual se enfrenta a una reestructuración brutal: fotógrafos, modelos, estudios, maquilladores, vestuario... todos los eslabones de la cadena se tambalean. De cinco administrativos conciliando movimientos se pasa a uno que revisa y una IA que hace el trabajo.
Pero el retorno económico no está claro. Sam Altman, CEO de OpenAI, habría reconocido que de momento el retorno es de 1 dólar por cada 7 invertidos. El modelo de negocio, según algunos, es inflar la burbuja y dar el pelotazo en bolsa mientras las infraestructuras las pagan entre todos. La duda sobre si OpenAI se irá a la mierda o si Google ganará por sus sinergias previas planea sobre el sector.
El arte en cuestión: ¿deshumanización o nueva herramienta?
El miedo a que la IA mate el arte recorre el análisis. La fotografía, antes arte y oficio respetado, hoy vale casi cero: cualquiera lleva una cámara en el móvil. Con la IA, cualquiera puede hacer un cartel o una película. «Si cualquiera puede hacer películas, ¿cuál será el valor del cine? Cercano a 0», se lamenta. La comparación con la fotografía y su efecto sobre la pintura se repite: la historia se repite.
Otros ven una oportunidad. Los famosos podrán vender su imagen a creadores de IA y multiplicar sus ingresos sin moverse de casa. Según un participante, Disney ya habría inyectado 1.000 millones en IA para explotar sus creaciones. Incluso los muertos: anuncios con Lola Flores o Clark Gable son un puntazo. El valor del arte tenderá a cero, pero el de la propiedad intelectual, no.
El futuro del trabajo: renta básica y supervisión
La IA no solo afecta al cine. Se está programando con IA: los programadores son supervisores. Las empresas se obsesionan con implementarla para ahorrar costes. Ante esto, resurge la idea de una renta básica incondicional que sustituya a todos los subsidios. «No va a trabajar ni el tato», se dice. Pero otros advierten: paguita universal = hiperinflación, revueltas, políticos colgados. El debate está abierto.
Mientras, la infraestructura la pagan los usuarios vía suscripción. El modelo de negocio es pagar por herramientas buenas, que cuestan un dinerillo pero son una fracción de lo que costaría rodar en real. La productividad es incuestionable; el reparto de sus frutos, no.
La IA ya rueda películas, diseña fármacos y entrena robots. El dato que descoloca: mientras unos celebran la productividad, otros calculan que el retorno actual es de 1 dólar por cada 7 invertidos. La revolución está aquí, pero la cuenta de resultados sigue sin cuadrar.