¿Vivía mejor tu abuelo analfabeto que tú, con carrera y curro?
La comparación suena a boutade, pero cada cierto tiempo resurge: en la España de la posguerra, con un país arrasado y un 30% de analfabetismo, un trabajador no cualificado podía comprar un piso nuevo en Madrid al contado en dos años. Hoy, un ingeniero de 40 años apenas puede alquilar una habitación. ¿Progreso o regresión?
El mito del abuelo analfabeto
El argumento, que circula con fuerza en círculos escépticos con el relato oficial, sostiene que las políticas autárquicas del franquismo permitían a un hombre sin estudios comprar una vivienda de obra nueva en la capital, mantener a una familia de cinco hijos y llenar la cesta de la compra en el mercado con productos frescos. En los años 40, la vivienda era accesible: se pagaba al contado con el sueldo de dos años. Hoy, para adquirir un piso viejo de la misma época hace falta una hipoteca a 50 años con dos salarios completos.
La brecha no se limita a la vivienda. La cesta de la compra semanal, que en los 80 costaba 2.000 pesetas en productos locales de primera calidad, ahora supera los 200 euros en fideos, panga y procesados. Y la factura eléctrica: hay hogares que pagan 250 euros al mes, una cifra que en Reino Unido, con la luz más cara de Europa, no se alcanza.
La otra cara de la moneda: hambre y represión
El relato tiene detractores que recuerdan que los años 40 fueron de hambre, frío y calamidades. La posguerra trajo racionamiento, inflación de dos dígitos y una mortalidad infantil espantosa. El trabajo existía, sí, pero en condiciones de explotación y sin derechos laborales. La comparación con el presente, donde incluso los pobres tienen acceso a bienes básicos y prestaciones sociales, es un insulto a quienes pasaron penurias reales.
Además, se señala un sesgo de selección: solo sobreviven para contar la historia los que lograron tener nietos. Muchos hombres murieron jóvenes y pobres, sin descendencia. La nostalgia del pasado oculta la miseria de los que no llegaron.
¿Libertad económica o decadencia?
El debate trasciende la anécdota. Detrás de la comparación hay una crítica al modelo económico actual: la especulación inmobiliaria, la precariedad laboral y la pérdida de poder adquisitivo. Se argumenta que el liberaloidismo ha convertido la vivienda en un activo financiero y ha precarizado el empleo hasta el punto de que un sueldo no da para vivir dignamente. La propuesta de construir vivienda pública y desmercantilizada resurge como única salida.
Pero el cambio de modelo no es gratis. La autarquía ofrecía seguridad a costa de libertad y derechos. El fascismo garantizaba vivienda barata y empleo fijo, pero también represión política y social. La pregunta incómoda es si el precio de las libertades ha sido demasiado alto para el bolsillo.
Datos que invitan a la reflexión
- Un analfabeto en los años 40 compraba un piso nuevo en Madrid al contado en 2 años.
- Hoy, un ingeniero de 40 años apenas puede alquilar un cuarto.
- La cesta de la compra semanal pasó de 2.000 pesetas en productos frescos a más de 200 euros en procesados.
- Se calcula una pérdida de poder adquisitivo del 90% respecto a la generación de los abuelos.
A falta de datos desagregados fiables, queda la evidencia de la calle: generaciones enteras asumiendo que tener una vivienda propia es un lujo. La pregunta es si mereció la pena cambiar el modelo.