El pronóstico de que la derecha no volverá a gobernar en España
Hay una tesis que se ha instalado en buena parte del relato de la izquierda española: que la derecha no volverá a pisar La Moncloa en un par de décadas. No se apoya en encuestas, sino en la demografía y en la supuesta metamorfosis de los partidos. Sus defensores lo dicen sin matices: la base electoral nostálgica del franquismo se extingue, el PP pelea por parecer más progresista que el PSOE y Vox queda reducido a un partido de románticos que tira el voto a la nada. La foto, sin embargo, no encaja del todo con los números.
Qué sostiene el pronóstico de que la derecha no volverá a gobernar
El argumento central es generacional: según este pronóstico,
los votantes nostálgicos del franquismo se mueren y lo que queda no basta para sostener una mayoría. La segunda pata es la supuesta disolución del Partido Popular: ya no pelearía por representar a la derecha dura, sino por demostrar que es
más progresista que el PSOE. Y la tercera, Vox como una suerte de Izquierda Unida de la derecha: el partido minoritario de quienes votan por romanticismo aunque el voto no sirva para gobernar. Con ese cóctel, el pronóstico se presenta como irreversible.
Frente a él, una observación incómoda: la mayoría que sostiene al Gobierno no es un bloque ideológico, sino una suma heterogénea. Hay quien lo resume así: más de veinte partidos unidos por su rechazo a la otra mitad del país y por prebendas concretas. Si el pegamento es el
tú hazme esto que yo te doy los votos, el edificio dura lo que dura cada negociación.
La aritmética que enfría el optimismo: 4 diputados de mayoría absoluta
El contraargumento más repetido no es ideológico, es numérico.
El bloque de la derecha se quedó a apenas 4 diputados de la mayoría absoluta, según el cálculo que se repite en el hilo. Desde ahí, la conclusión optimista —dos décadas sin la derecha en el poder— se tambalea: basta con que un diputado cambie de criterio para que todo el cálculo se vaya al garete. La probabilidad de un trasvase puntual, de una abstención inesperada en el último minuto, es pequeña, pero no nula. Y en política lo improbable ocurre con más frecuencia de la que gusta reconocer.
Cataluña y el País Vasco: la aritmética que sostiene al voto de izquierdas
En el fondo del asunto late una cuestión territorial que casi nadie quiere poner por escrito. Se argumenta que
mientras Cataluña siga en España habrá un Gobierno de izquierdas en La Moncloa, porque el peso demográfico catalán y vasco inclina la balanza. El País Vasco, con menos población, no bastaría por sí solo. De ahí salta la pregunta que enfrenta a medio país: si el sostén del Gobierno son los votos de quienes no se sienten españoles, ¿qué legitimidad tiene hablar en nombre de España?
La versión oficialista responde que la amnistía y el referéndum se están normalizando en los medios y que existe un presidente dispuesto a jugarse el cargo por reconocer la plurinacionalidad. La versión crítica avisa de lo contrario: que sin reforma constitucional no habrá consulta y que forzarla sin el conjunto de los españoles abriría un conflicto de consecuencias difíciles de calcular.
«En España no hay derecha»: Feijóo socialista y Vox sindicalista
Otro eje recorre la conversación y no lo firma solo la izquierda. Se sostiene que la derecha liberal sencillamente no existe. Que
Feijóo se declaró socialista templado y votó a Felipe González, y que Vox, lejos del liberalismo, sería un residuo nacional-sindicalista, es decir, socialista. Si eso es cierto, el pronóstico se vuelve tramposo: la derecha no volvería a gobernar porque, en rigor, nunca habría gobernado. Franco, llega a decirse, aplicaba políticas socialistas, y la derecha solo habría alcanzado el poder por la fuerza o por
despiste.
El eje económico: deuda, gasto público y quién paga la cuenta
Aquí el tono optimista se rompe por completo. La crítica económica apunta al modelo de financiación:
un presupuesto de veinte años gastado en una sola legislatura, a base de crédito y emisión de deuda, con la factura trasladada a quien venga detrás. El sostén de todo ello, se alega, es la compra de deuda pública por parte del Banco Central Europeo.
La fiesta dura mientras el BCE sostenga el tinglado.
No es una tesis exclusiva del votante de derechas. Hay socialistas que admiten que el partido que les representa no es el que gobierna y que su apoyo responde a la defensa de su derecho a existir en España, no a un entusiasmo económico. La conclusión que se repite en el hilo, y por eso incómoda, es que ningún partido, ni de un lado ni del otro, se ocupa de verdad del ciudadano medio.
Al final, el dato que mejor resume todo esto no es una proyección a veinte años, sino un número pequeño y tozudo:
cuatro escaños. El pronóstico sobre quién no volverá a gobernar cabe entero en ese margen. Con esa distancia, hablar de décadas se antoja más un deseo que un cálculo.