Singapur legaliza los bastonazos para combatir el bullying ¿mano dura o autoritarismo?
El castigo corporal regresa a las aulas de Singapur, pero con un sesgo: solo los alumnos varones recibirán bastonazos. La medida, aprobada para atajar el acoso escolar, ha reabierto el debate sobre la efectividad de la pedagogía del dolor, mientras el país asiático presume de ser el número uno en educación según PISA 2015.
Los detalles del castigo
El procedimiento es minucioso: los bastonazos se aplican en la zona de las nalgas o los genitales, siempre en múltiplos de tres, con intervalos de ocho a diez meses entre tandas para permitir la curación. Una condena típica de seis bastonazos se divide en dos sesiones. Sin embargo, el código penal de Singapur prohíbe expresamente el castigo corporal a las mujeres, lo que deja fuera a las bullies femeninas. Los defensores de la medida argumentan que el bullying físico escolar es mayoritariamente masculino, pero los críticos señalan una discriminación de género institucionalizada.
¿Funciona el miedo?
Los partidarios del castigo corporal mencionan el éxito educativo de Singapur: primer puesto en PISA 2015, una inversión educativa significativa y una selección rigurosa de docentes. Para ellos, la paloterapia preventiva en edad escolar es mano de santo contra los pequeños psicópatas. La otra corriente advierte del riesgo de abuso: la definición de bullying es subjetiva, y una herramienta así en manos de funcionarios podría derivar en castigos arbitrarios. El famoso deslizamiento de la ventana de Overton, que empezaría con acosadores y terminaría aplicándose a cualquier alumno desobediente.
La asignatura pendiente de la igualdad
El sesgo de género es el punto más controvertido. Mientras Occidente debate sobre igualdad, Singapur mantiene una norma decimonónica que protege a las mujeres de los bastonazos, pero las excluye de la misma disciplina. Algunos analistas lo ven como un privilegio injusto; otros, como un reconocimiento de que las niñas rara vez recurren a la violencia física. La realidad es que la ley crea dos clases de bullies: los que reciben bastonazos y los que no.
La pregunta que queda en el aire: ¿es exportable este modelo a sociedades occidentales, o es solo una muestra más del excepcionalismo autoritario de Singapur? La renta per cápita y los resultados académicos no siempre justifican los métodos.
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