Donbás: repoblación con pasaporte ruso y el espejo de Kosovo
Un territorio con el frente a pocos kilómetros y viviendas disponibles. Y, aun así, quien hace las maletas no es de la zona. La tesis que abre el asunto es que
Rusia está repoblando el Donbás con población de sus regiones más desfavorecidas, a la que ofrece casa, buenos sueldos, condiciones y trabajo. Los ucranianos que permanecen allí, según ese planteamiento, tienen dos salidas: aceptar el
pasaporte ruso o marcharse. Quien se niega, sostiene el mismo relato, acaba deportado.
La primera reacción es ponerle nombre:
colonizar. Un concepto viejo, más que el código de Hammurabi, y con manual reciente. Pero la mecánica del traslado, los incentivos económicos y el estatus legal de quienes se quedan dibujan un cuadro menos épico y más administrativo: padrón, nacionalidad y nómina.
Cómo funciona la repoblación del Donbás
El mecanismo descrito es de libro. Se selecciona población de zonas con poco empleo y salarios bajos dentro de Rusia, se le ofrece una vivienda —lo que en la jerga del desplazamiento se llama acomodación— y un puesto de trabajo con retribución por encima de la media local. A cambio, se fija población en un territorio cuya composición demográfica es, precisamente, el argumento con el que se justifica la anexión.
Hay quien rebaja la épica. Mover colonos con el frente cerca es, en esa lectura, un sinsentido operativo: las líneas avanzan y retroceden, y lo que hoy se entrega mañana puede haber que devolverlo. Reconstruir o repoblar con la artillería a tiro sería más un gesto político que una operación logística, comparado con esperar a que el terreno quede atrás para edificar.
Minsk 2014: qué decía el texto y qué se cumplió
El asunto vuelve una y otra vez a los acuerdos firmados en
2014. El texto comprometía un alto el fuego bilateral inmediato, la supervisión de la OSCE, una descentralización del poder mediante una ley de estatuto especial para zonas de Donetsk y Lugansk, y la monitorización permanente de la frontera ruso-ucraniana.
A partir de ahí, las versiones divergen. Una parte del análisis sostiene que
Rusia no tenía gran cosa que cumplir, porque el grueso de las obligaciones recaía en Kiev: libertad de uso del ruso, de medios y de partidos, alto el fuego y restitución de derechos básicos como agua, pensiones y sueldos de funcionarios. La cifra que se repite para medir el incumplimiento es la de
17.000 civiles asesinados en ocho años en la zona, con niños entre las víctimas. El contraste que se trae a colación: en España,
900 muertos en 35 años de violencia terrorista.
Desde el lado opuesto se responde con dos preguntas sencillas: cómo se convocan elecciones en un territorio que no controlas y por qué no se retiraron las tropas en casi una década. El texto sigue sobre la mesa. Su lectura, no.
Etnia, pasaporte y el precedente de Kosovo
Aquí conviene separar dos cosas que se mezclan a diario: nacionalidad y etnia. Un pasaporte se reparte en una oficina; la composición de un territorio, no. En Crimea y en amplias zonas del Donbás la mayoría rusa es anterior al conflicto, y esa antigüedad es el argumento que se esgrime contra la etiqueta de colonización. Donde unos ven una sustitución de población, otros ven un mapa que ya estaba así desde hace siglos.
El espejo que se coloca enfrente es otro. En los Balcanes, se argumenta, el proceso fue el inverso y con el mismo resultado: poblar, declarar la independencia y dejar que el hecho consumado haga el resto. La diferencia, si existe, es de cronología y de quién firmaba los papeles.
El problema de los que ya no están
La parte incómoda de la ecuación no es quién llega, sino quién vuelve. Millones de ucranianos salieron del país y muchos encontraron acomodo en países de la UE. Si el territorio se recuperase, ¿regresarían quienes hoy viven fuera a enfrentarse a un posible reclutamiento? La lógica dice que no. Nadie vuelve para ponerse en la lista del frente.
Y hay un cálculo que suele pasarse por alto: si el escenario se invierte, los rusófonos que se instalaron y quienes aceptaron la nacionalidad rusa tendrían su propia pregunta que hacerse. La respuesta, en cualquier caso, no está escrita.
¿Cuántos son realmente prorrusos?
La cifra que se maneja como base es un
85% de población prorrusa antes del conflicto, lo que llevaría a concluir que el terreno estaba alineado de antemano. Otro dato que circula: Rusia cuenta con
entre 10 y 20 millones de musulmanes, lo que desmonta la lectura del conflicto como choque de civilizaciones.
A esto se añade un precedente que se cita con retintín: los
dos millones de ucranianos que, según esa versión, se asentaron en los óblasts limítrofes con Ucrania antes de todo esto. Si repoblar es colonizar, la pregunta es quién empezó.
El frente, mientras tanto, sigue moviéndose. Y con él, la única variable que ninguna de las partes controla: cuánta gente estará dispuesta a quedarse cuando se firme la paz. ¿Se puede sostener un territorio a base de nóminas y pasaportes, o basta con que la guerra decida quién está allí cuando pare?