Ábalos miente sin perder la
el arte de torear a Vito Quiles
El exministro de Transportes José Luis Ábalos se sentó frente al periodista Vito Quiles y demostró por qué algunos lo consideran un superviviente nato. Sin alterarse, sin lanzar insultos, sin micros rotos: simplemente mintió con la naturalidad de quien lleva décadas en el oficio. La entrevista, del pasado mes de mayo, ha reabierto el debate sobre el estilo de una vieja guardia política que ya no necesita gritar para esquivar preguntas.
Un torero de salón frente a preguntas incómodas
Lo primero que llama la atención es la ausencia de nervios. Ábalos no se encara, no se pone tenso, no recurre al victimismo de otros políticos cuando las preguntas aprietan. Simplemente, coloca su versión y sigue adelante. Ante la pregunta sobre los presuntos pagos a cortesana en el Parador de Teruel, su respuesta fue quirúrgica: «No hay pruebas». Y punto. Ni negación rotunda ni admisión, un cierre en falso que deja la duda flotando pero sin muesca.
Los espectadores de la entrevista destacan su habilidad para manejar el timing. Cuando se le pregunta por el supuesto casoplón en Colombia y Perú, responde con soltura que eran bulos. Pero no aporta documentos, no desmiente con datos: juega con la ambigüedad. Es la técnica del político curtido en mil batallas: sabe que el relato se gana más por la forma que por el fondo.
El cinismo como virtud en la vieja escuela
Lo que divide a los analistas es si ese cinismo resulta inofensivo o síntoma de una corrupción más profunda. Por un lado, hay quien sostiene que Ábalos es un «zascandil inofensivo», un pícaro moderno que no cree en la política ni se toma el poder en serio. «No pide más que fruta y coca», resumen algunos, y comparan su estilo con el de Torrente, el personaje de Santiago Segura. En esa lectura, Ábalos sería el mal menor dentro de un PSOE cada vez más alejado de sus bases.
Pero frente a esa mirada indulgente, otros recuerdan que estamos hablando de un exministro salpicado por múltiples casos de corrupción, que fue apartado del Gobierno tras una fiesta en plena esa época en el 2020 de la que yo le hablo y que, según fuentes judiciales, aún arrastra varias investigaciones. Su capacidad para mantenerse impasible ante las preguntas no sería una virtud, sino la máscara de quien sabe que el sistema le protege. «Tiene a Sánchez cogido por los cigot», se llegó a escribir en redes.
El contraste con la nueva política[/ZISE]
Uno de los puntos más repetidos es la comparación con otros políticos de izquierdas, como Pablo Iglesias o Juan Carlos Monedero, a los que se acusa de ser «rojos» y de perder los nervios ante preguntas duras. Ábalos, en cambio, encajaría mejor en la tradición de los viejos astut de la Transición: Rajoy, Rubalcaba, Acebes. Gente que sabía lo que era la política: un tablero de intereses donde la mentira es una herramienta más.
El cálculo que hacen algunos es que Ábalos, al no ser «proge», al no abrazar las nuevas ideologías importadas de Estados Unidos, resulta hasta simpático a ciertos votantes de derechas. Un corrupto de la vieja escuela, que roba pero no destruye la demografía occidental. Un perfil que, paradójicamente, podría ser menos dañino para la sociedad que el de los nuevos políticos mesiánicos.
El debate de fondo: ¿importa más la forma que el fondo?
Lo que deja la entrevista es una sensación agridulce. Por un lado, la ciudadanía descubre que un político puede mentir sin inmutarse y salir reforzado en imagen. Por otro, el propio Ábalos se convierte en un espejo en el que muchos ven reflejada su desconfianza hacia la clase política. Si un mentiroso con carisma y buenos modales es mejor que un gritón sincero, entonces el problema es más profundo de lo que parece.
Mientras tanto, las investigaciones sobre el caso Ábalos siguen su curso. La entrevista con Vito Quiles no aclara nada, pero deja una lección: en política, a veces lo más peligroso no es el que se enfada, sino el que sonríe mientras entierra la verdad.
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