Laporta y su españolidad de improviso: chaquetas de mil euros y un oportuno patriotismo
Joan Laporta, el presidente del Barça que ha hecho del catalanismo político su seña de identidad, aparece de repente como un hincha más de la selección española. No es solo que asista a los partidos de la Roja: es la puesta en escena. Una chaqueta con botones que, según se comenta en círculos del fútbol, cuestan mil euros cada uno —fabricados con el mismo material que los chalecos antibalas de los Delta Force, dicen unos; pura sastrería de lujo, matizan otros—. El detalle no es baladí: el guardarropa de Laporta siempre ha sido un indicador de su estatus, y ahora parece querer enviar un mensaje.
El oportunismo, sin embargo, tiene lecturas económicas. El Barça está bajo la lupa de la UEFA y la FIFA por el caso Negreira: casi veinte años de supuestos sobornos al CTA que amenazan con sanciones que incluyen la exclusión de Champions y la pérdida de títulos. En ese contexto, ¿qué mejor que mostrarse como un español más, con la selección llena de jugadores azulgranas y una victoria reciente que sienta bien a todos? Laporta no solo busca congraciarse con el poder federativo; también intenta distanciarse de la imagen de un club catalán en rebeldía.
Pero el pasado pesa. Sus negocios en Kirguistán, rodeados de misterio, y su trayectoria política —siempre al borde del independentismo— chocan con esta repentina españolidad. Quienes le conocen lo resumen: «Será el típico oportunista que se arrima al sol que más calienta». Y el sol, ahora, es el de la Roja campeona.
¿Cuánto cuesta parecer español?
El cálculo de la chaqueta es una anécdota, pero revela el modo de operar de Laporta: imagen, exceso, y una pizca de provocación. Mientras, en los despachos, la directiva negocia con la UEFA la reducción de una sanción que podría costar al club cientos de millones. La pregunta que flota en el ambiente es si este giro españolista es un cálculo frío de relaciones públicas o un genuino cambio de tercio. Las evidencias apuntan a lo primero.
Con estos datos, la contradicción es difícil de sostener. Laporta se ha pasado años alimentando el relato del agravio a Cataluña desde el Camp Nou, y de repente aparece cantando «yo soy español» en la intimidad. La economía del fútbol no entiende de sentimientos: entiende de sanciones, de ingresos por Champions y de imagen de marca. Y la marca Laporta, hoy, necesita a España.