86% de aspirantes a profesor suspende un test que un niño de 12 años debería aprobar
El dato es demoledor: en la última convocatoria de oposiciones a Primaria en Madrid, el 86% de los candidatos no superó un examen cuyas preguntas, según la propia administración, corresponden al nivel de un alumno de sexto curso. El filtro no es la didáctica ni la psicología infantil: es la ortografía y la comprensión lectora. Quienes aspiran a enseñar a leer y escribir a los niños, en buena parte, no saben hacerlo ellos mismos.
Un suspenso que viene de lejos
El debate sobre el nivel de los opositores no es nuevo. La LOGSE (1990) suele señalarse como el punto de inflexión en el que el sistema educativo comenzó a priorizar la promoción automática sobre el dominio de las competencias básicas. Tres décadas después, el resultado es una bolsa de aspirantes que, según testimonios de miembros de tribunales de oposición, escriben con faltas que serían inadmisibles en un alumno de EGB: confunden «ahí», «hay» y «ay», escriben «iba» como «iva», y muestran una comprensión lectora calificada de «inexistente» por quienes corrigen sus exámenes.
El rigor ortográfico como arma de doble filo
En las oposiciones de Secundaria, el reglamento es claro: cinco faltas de ortografía suponen el suspenso automático, y cada error adicional resta un punto. Durante años, este criterio ha sido un dique frente al analfabetismo funcional. Sin embargo, la aplicación no siempre es homogénea. Se ha documentado el caso de un aspirante al que el tribunal descontó cuatro puntos por escribir «historia» con minúscula —el tribunal lo exigía con mayúscula— y por tres tildes que, según la RAE, no eran obligatorias. La línea entre el exigencia razonable y el arbitrio caprichoso es demasiado fina.
Presión desde arriba para aprobar
Miembros de tribunales consultados admiten que existe una presión explícita desde los organismos superiores para no dejar plazas desiertas. En especialidades como Tecnología, en Madrid las listas quedan abiertas a partir de octubre: cualquier licenciado —sin máster, sin experiencia, sin haber pisado una oposición— puede cubrir una baja. El resultado es que el nivel de entrada se resiente, y quienes sí merecen la plaza compiten en un sistema que, en lugar de elevar el listón, lo rebaja para llenar las aulas.
Menos lectura, menos pensamiento crítico
Detrás de las faltas de ortografía subyace un problema más profundo: la incapacidad para redactar un texto coherente. La escritura desordenada refleja un pensamiento desordenado. Cuando apenas se lee, la comprensión lectora se atrofia y con ella la capacidad de estructurar ideas. El dato oficial de 172 días lectivos al año —con julio y agosto en cero— ayuda a explicar por qué el tiempo de exposición a la lengua escrita es cada vez menor.
Con estos mimbres, la paradoja está servida: alumnos que escriben peor que sus abuelos serán juzgados por tribunales que, a su vez, aplican criterios tan rígidos como discutibles. Si el 86% de los aspirantes a maestro no supera un examen de sexto de Primaria, la pregunta no es quién falla, sino qué estamos dispuestos a tolerar como sociedad.
86% de opositores a profesor suspende un test de 12 años