El CIS da al PSOE 9,7 puntos sobre el PP y el sondeo reabre la guerra de las encuestas
El
Centro de Investigaciones Sociológicas pronostica una subida del
PSOE que deja a los socialistas
9,7 puntos por encima del PP, según el titular difundido por
El País. El dato llega con la memoria reciente de las generales del 23 de julio, cuando el CIS fue el único sondeo público que apostaba por que el PSOE aguantara mientras las agencias privadas pronosticaban una caída pronunciada. Aquella vez el organismo acertó y las demás firmas se equivocaron. Esa es, exactamente, la razón por la que este nuevo pronóstico no se lee como una encuesta más.
Qué dice el pronóstico y por qué nadie se lo cree del todo
El sondeo sitúa al PSOE por delante del PP con un margen que, de confirmarse, sería suficiente para reeditar los pactos con nacionalistas y socios de izquierda. El problema es la credibilidad del emisor. Hay quien recuerda que los ridículos del CIS venían siendo
épicos en citas anteriores mientras firmas como Sigma2 y Gad3 clavaban los resultados. Y hay quien responde con el argumento inverso: llegan las generales y esas agencias, que pronosticaban una gran bajada socialista, se equivocan, y el único que apostaba por mantener al PSOE lo acierta por lo justo para reeditar la coalición.
El cálculo que circula en el debate es revelador. En las últimas generales el CIS daba al PSOE un 32,2% y sacó un 31,68%; al PP le daba un 30,8% y sacó un 33,06%; a Sumar un 15% y sacó un 12,33%; a VOX un 11,8% y sacó un 12,38%. Es decir, el CIS
restó alrededor de 2,7 puntos a la derecha y sumó unos 3,3 a la izquierda. Si el pronóstico hubiera sido real, la izquierda gobernaría con mayoría y no dependería de ERC y Bildu para cada votación.
El argumento del voto oculto y la maquinaria del censo
La defensa del pronóstico se apoya en una idea sencilla: en autonómicas la gente vota al candidato local y no piensa tanto en el líder nacional, mientras que en generales el voto se nacionaliza. Bajo esa lógica, el PSOE tendría un suelo cautivo formado por jubilados, empleados públicos, trabajadores de organizaciones subvencionadas y beneficiarios de ayudas que no se moverían. El corolario, según esta corriente, es que la estrategia pasa por
ampliar la base demográfica —regularizaciones incluidas— para engordar ese suelo electoral y sostener el PIB ante Bruselas.
Enfrente está la tesis del pucherazo. Se sostiene que desde que hay gente afín al frente de Correos e INDRA, el voto por correo y el recuento quedan bajo sospecha, y que las denuncias de Iustitia Europa y Liberum sobre el recuento de actas no se han resuelto. No hay prueba firme de nada de eso en el material disponible, pero la sospecha circula con la misma naturalidad con la que circula el dato del CIS. Y ojo al detalle: el CIS también acertó en Extremadura y Aragón, lo que desactiva el argumento fácil de que siempre falla.
El CIS como actor político, no como observatorio
El fondo del asunto es otro. Un organismo público que publica encuestas no es neutral:
moviliza voto y es imposible medir cuánto. Cada sondeo cuesta alrededor de 250.000 euros, según un cálculo que circula en el debate, y el Estado no necesita saber qué va a votar la gente para gobernar. La alternativa que se plantea es la de otros países: que las encuestas las hagan entes privados y el Estado se limite a mirar. Mientras eso no cambie, cada pronóstico del CIS será leído como un acto de campaña, acierte o falle.
La paradoja queda abierta: el CIS acierta cuando más se le ridiculiza y falla cuando más se le cita. Con ese historial, cualquier pronóstico nuevo vale tanto como el que más y tan poco como el que menos. Y las elecciones, mientras tanto, no están convocadas.