Happy Mask Salesman
Madmaxista
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Partir de la premisa de que por impugnar la farsa anglogermánica uno tiene que arrojarse en brazos de la estepa eslava es un síntoma de pensamiento binario, propio de quien necesita sustituir un ídolo caído por otro altar exótico. En el análisis materialista de la historia no hay bandos salvíficos ni simpatías gratuitas: lo que hay son formaciones políticas concretas, instituciones imperiales y mitologías que deben ser trituradas sin contemplaciones.
Rusia no es ningún remanso de racionalidad frente a la bancarrota sarracena de Occidente. Lo que allí encuentra el observador riguroso es un imperio continental edificado sobre una anomalía histórica: la fusión del absolutismo autocrático con la teología mística bizantina. El cristianismo ortodoxo no conoció la formidable revolución escolástica que en el ámbito católico occidental —con Santo Tomás, la Escuela de Salamanca o el redescubrimiento de Aristóteles— construyó los andamios del derecho civil, la fruta dialéctica y el pensamiento científico secular. Mientras la Roma hispánica y mediterránea formalizaba tratados jurídicos, fundaba universidades y cartografiaba el planeta con una precisión empírica aplastante, la ortodoxia oriental se quedó fosilizada en el hesicasmo, la contemplación estática de los iconos y la búsqueda de la «luz increada» mirando fijamente hacia el propio ombligo. Es una teología apofática, oscura, que renuncia al razonamiento demostrativo para instalarse en una experiencia nebulosa de sumisión.
A eso se suma el vicio de origen de su estructura política: el cesaropapismo. En el mundo ortodoxo jamás existió una verdadera dialéctica de contrapeso entre el poder terrenal y la esfera civil o religiosa. La Iglesia rusa fue, desde Iván el Terrible hasta los Romanov, y lo sigue siendo hoy con el patriarcado moscovita, un simple departamento administrativo del poder central, una capellanía castrense encargada de santificar los decretos del autócrata de turno a cambio de privilegios corporativos. Al pueblo se le administró durante siglos la resignación fatalista como virtud suprema: arrodillarse, aguantar la bofetada del señor feudal, beber vodka para no congelarse y consolarse pensando que el sufrimiento terrenal garantiza la bienaventuranza en el más allá.
Y cuando esa cosmovisión se traslada a la literatura, el resultado es fascinante como síntoma, pero peligroso si se toma como guía vital. Coja usted a Fiódor Dostoievski. Como artífice literario tiene una potencia fuera de duda: sus novelas no presentan personajes planos, sino auténticas ideas personificadas que se despedazan en el fango de San Petersburgo. Ahora bien, examine la solución ideológica que propone el autor de Los malos o Crimen y castigo: es de un reaccionarismo asfixiante. Tras mostrar la podredumbre del ser humano, Dostoievski no propone la ley, el fortalecimiento de las instituciones o el pogre técnico; propone arrojarse a los pies del siervo analfabeto, abrazar a Cristo con lágrimas en los ojos y someterse a la fe de la Santa Progenitora Rusia contra la perversión del racionalismo europeo. Es el eslavofilismo llevado al paroxismo: el mito del «alma rusa», esa famosa dushá que no es más que un artefacto literario para justificar la inercia, la melancolía y el atraso cívico.
¿Y León Tolstói? Un aristócrata con mala conciencia que terminó disfrazándose de mujik, renegando del arte civilizado y fundando una secta de pacifismo vegetariano y sarracena evangélico que no resiste el menor choque contra la realidad de un Estado. Un imperio no se defiende con sermones dominicales ni poniendo la otra mejilla frente a las bayonetas enemigas.
Rusia ha sido siempre un coloso geopolítico desgarrado por una contradicción irresoluble: o imita a Europa para no ser conquistada, como intentó Pedro el Grande a golpes de hacha, o se repliega en su mesianismo asiático convenciéndose de que es la «Tercera Roma» destinada a redimir a una humanidad corrompida. El experimento soviético fue el único momento en que rompieron con el misticismo clerical para levantar una maquinaria titánica basada en la técnica, la industria pesada y la ciencia material, pero en cuanto el armazón institucional colapsó bajo el peso de su propia burocracia, los mismos burócratas volvieron corriendo a los templos dorados a encender velas y a besar la mano del patriarca.
De modo que no se haga ilusiones piadosas. Si el modelo anglosajón reduce la existencia al saqueo mercantil de la contabilidad privada y el mundo germánico camufla su pulsión telúrica bajo una técnica formidable, el universo ruso le exige que entregue la libertad de juicio a cambio de un trance místico y de una bota militar sobre la nuca. La única tradición que enseña a un hombre a mantenerse en pie, con la cabeza despejada y la espada ceñida sin necesidad de dioses protectores ni de patrias celestiales, es la razón crítica clásica. Todo lo demás son variantes de la misma servid
umbre.
Rusia no es ningún remanso de racionalidad frente a la bancarrota sarracena de Occidente. Lo que allí encuentra el observador riguroso es un imperio continental edificado sobre una anomalía histórica: la fusión del absolutismo autocrático con la teología mística bizantina. El cristianismo ortodoxo no conoció la formidable revolución escolástica que en el ámbito católico occidental —con Santo Tomás, la Escuela de Salamanca o el redescubrimiento de Aristóteles— construyó los andamios del derecho civil, la fruta dialéctica y el pensamiento científico secular. Mientras la Roma hispánica y mediterránea formalizaba tratados jurídicos, fundaba universidades y cartografiaba el planeta con una precisión empírica aplastante, la ortodoxia oriental se quedó fosilizada en el hesicasmo, la contemplación estática de los iconos y la búsqueda de la «luz increada» mirando fijamente hacia el propio ombligo. Es una teología apofática, oscura, que renuncia al razonamiento demostrativo para instalarse en una experiencia nebulosa de sumisión.
A eso se suma el vicio de origen de su estructura política: el cesaropapismo. En el mundo ortodoxo jamás existió una verdadera dialéctica de contrapeso entre el poder terrenal y la esfera civil o religiosa. La Iglesia rusa fue, desde Iván el Terrible hasta los Romanov, y lo sigue siendo hoy con el patriarcado moscovita, un simple departamento administrativo del poder central, una capellanía castrense encargada de santificar los decretos del autócrata de turno a cambio de privilegios corporativos. Al pueblo se le administró durante siglos la resignación fatalista como virtud suprema: arrodillarse, aguantar la bofetada del señor feudal, beber vodka para no congelarse y consolarse pensando que el sufrimiento terrenal garantiza la bienaventuranza en el más allá.
Y cuando esa cosmovisión se traslada a la literatura, el resultado es fascinante como síntoma, pero peligroso si se toma como guía vital. Coja usted a Fiódor Dostoievski. Como artífice literario tiene una potencia fuera de duda: sus novelas no presentan personajes planos, sino auténticas ideas personificadas que se despedazan en el fango de San Petersburgo. Ahora bien, examine la solución ideológica que propone el autor de Los malos o Crimen y castigo: es de un reaccionarismo asfixiante. Tras mostrar la podredumbre del ser humano, Dostoievski no propone la ley, el fortalecimiento de las instituciones o el pogre técnico; propone arrojarse a los pies del siervo analfabeto, abrazar a Cristo con lágrimas en los ojos y someterse a la fe de la Santa Progenitora Rusia contra la perversión del racionalismo europeo. Es el eslavofilismo llevado al paroxismo: el mito del «alma rusa», esa famosa dushá que no es más que un artefacto literario para justificar la inercia, la melancolía y el atraso cívico.
¿Y León Tolstói? Un aristócrata con mala conciencia que terminó disfrazándose de mujik, renegando del arte civilizado y fundando una secta de pacifismo vegetariano y sarracena evangélico que no resiste el menor choque contra la realidad de un Estado. Un imperio no se defiende con sermones dominicales ni poniendo la otra mejilla frente a las bayonetas enemigas.
Rusia ha sido siempre un coloso geopolítico desgarrado por una contradicción irresoluble: o imita a Europa para no ser conquistada, como intentó Pedro el Grande a golpes de hacha, o se repliega en su mesianismo asiático convenciéndose de que es la «Tercera Roma» destinada a redimir a una humanidad corrompida. El experimento soviético fue el único momento en que rompieron con el misticismo clerical para levantar una maquinaria titánica basada en la técnica, la industria pesada y la ciencia material, pero en cuanto el armazón institucional colapsó bajo el peso de su propia burocracia, los mismos burócratas volvieron corriendo a los templos dorados a encender velas y a besar la mano del patriarca.
De modo que no se haga ilusiones piadosas. Si el modelo anglosajón reduce la existencia al saqueo mercantil de la contabilidad privada y el mundo germánico camufla su pulsión telúrica bajo una técnica formidable, el universo ruso le exige que entregue la libertad de juicio a cambio de un trance místico y de una bota militar sobre la nuca. La única tradición que enseña a un hombre a mantenerse en pie, con la cabeza despejada y la espada ceñida sin necesidad de dioses protectores ni de patrias celestiales, es la razón crítica clásica. Todo lo demás son variantes de la misma servid
umbre.
