Vance sitúa la amenaza dentro de Europa y señala la anulación de elecciones
En la Conferencia de Seguridad de Múnich, el vicepresidente de Estados Unidos, JD Vance, colocó el foco donde nadie lo esperaba: no en Rusia ni en China, sino en la salud democrática del propio continente. Su tesis, resumida en una frase que ha corrido como la pólvora, es que «si teméis a vuestros propios votantes, Estados Unidos no os podrá ayudar». El discurso, veinte minutos sin concesiones, dejó a buena parte de la sala con la sensación de haber recibido un correctivo en toda regla. La anulación de una elección entera en Rumanía y el aviso de que algo parecido podría ocurrir en Alemania fueron los ejemplos que puso sobre la mesa.
El argumento: tribunales que cancelan elecciones y funcionarios que lo aplauden
Vance se mostró sorprendido de que un ex comisario europeo apareciera en televisión celebrando que el gobierno rumano hubiera anulado unos comicios. La escena, según su lectura, no es un incidente aislado: cuando los tribunales cancelan elecciones y altos cargos amenazan con hacer lo mismo en otros países, el problema deja de ser exterior. «Deberíamos preguntarnos si nos estamos exigiendo un nivel de exigencia adecuadamente alto», vino a decir.
La reacción en la sala fue de desconcierto. Quienes siguieron el discurso describen a varios líderes europeos presentes en Múnich visiblemente incómodos, sin capacidad de réplica inmediata. El diagnóstico de Vance, en todo caso, no apunta a Moscú ni a Pekín: apunta a Bruselas y a las capitales que han normalizado la suspensión de procesos electorales por motivos de seguridad o de supuesta defensa del orden constitucional.
Von der Leyen como síntoma: quién vota a quién en la UE
El nombre de Ursula von der Leyen apareció enseguida en la conversación. La presidenta de la Comisión Europea no ha sido votada directamente por los ciudadanos, y ese detalle se ha convertido en el ejemplo recurrente de lo que Vance describe como un déficit democrático estructural. La defensa técnica es conocida: la Comisión la forman los gobiernos elegidos en cada país y la ratifica el Parlamento Europeo, que sí sale de las urnas. El argumento funciona sobre el papel, pero no disuelve la sensación de que el ejecutivo comunitario responde a una lógica de pactos entre partidos que el votante no controla.
El paralelismo con España se ha trazado hasta el detalle. El presidente del Gobierno no es elegido por los ciudadanos en un cara a cara, sino que es un diputado propuesto por su partido y designado por el Congreso. La diferencia es de grado, no de naturaleza, y eso es precisamente lo que Vance pone en cuestión: un sistema donde el votante elige representantes que luego deciden por él sin mandato imperativo.
El sistema electoral español, en el punto de mira
La crítica al mecanismo no se queda en Bruselas. El sistema de listas cerradas y bloqueadas, donde los candidatos los designan las cúpulas de los partidos y no los votantes, ha sido señalado como la raíz del problema. La propuesta que más ha circulado es la de adoptar un modelo de doble vuelta al estilo francés, que obligaría a los partidos a medirse en dos rondas y reduciría el peso del voto cautivo. El actual, sostienen quienes defienden el cambio, no funciona.
Los datos que se manejan en la conversación son elocuentes: en España, el PSOE obtuvo siete millones de votos frente a los 400.000 de ERC, con trece millones de abstenciones. Un tercio del electorado fuera del sistema y una representación que no guarda proporción con el respaldo real. La pregunta que sobrevuela es si un sistema así puede seguir llamándose democrático sin comillas.
La paradoja de defender la libertad solo cuando conviene
El escepticismo no se dirige únicamente contra Bruselas. También hay quien pone el foco en la coherencia de quienes invocan la libertad de expresión según el tema. La duda es si ese mismo entusiasmo por la libertad se mantendría si el contenido incómodo fuera una quema de biblias o un gobierno de signo comunista en Canadá. La libertad, viene a decirse, se defiende sobre todo cuando quien la ejerce no comparte tus ideas.
El debate derivó también hacia la separación de poderes. Que el legislativo elija al ejecutivo, como ocurre en el sistema comunitario, se ha descrito como una anomalía que difumina la frontera entre ambos. En Estados Unidos, el colegio electoral se defiende como garantía contra la oclocracia, el gobierno de la muchedumbre que tanto preocupaba a los padres fundadores. En Europa, el equivalente sería un entramado de pactos que nadie vota y que nadie puede revocar.
El efecto Vance: quién gana y quién pierde con el discurso
El discurso ha sido leído por una parte del arco político como un respaldo externo a las tesis soberanistas. Que un vicepresidente estadounidense diga en Múnich lo que en Bruselas no se dice tiene un efecto inmediato: legitima el marco de quienes sostienen que la UE ha secuestrado la soberanía de los Estados miembros. Para otros, en cambio, se trata de una injerencia que confirma la deriva iliberal de Washington.
La paradoja es que Vance ha puesto el dedo en una llaga que los propios europeos llevan años evitando. La pregunta ya no es si tiene razón, sino si alguien en Bruselas está dispuesto a responderle con algo más que una nota de prensa.
¿Se puede exigir a los ciudadanos que defiendan un sistema que no les representa?