La entrada de la URSS en la guerra, el verdadero pánico de Japón en 1945
El 8 de agosto de 1945, cuando la Unión Soviética declaró la guerra a Japón, el alto mando japonés supo que la partida estaba perdida. No era la bomba atómica lo que más temían: era que Stalin se quedara con Manchuria y Corea. La bomba era devastadora; el avance soviético era la sentencia política.
Japón llevaba meses asfixiado. El bloqueo naval de EE.UU. había cortado el 90% del petróleo y los alimentos que llegaban por mar. Las bombas incendiarias sobre Tokio, Osaka y Nagoya ya habían arrasado media docena de ciudades. De hecho, en el raid sobre Tokio del 9 de marzo de 1945 murió más gente que en Hiroshima.
El miedo a perder Manchuria, no a una invasión
Una corriente de análisis sostiene que el temor japonés no era a un desembarco soviético en Hokkaido -la flota rusa en el Pacífico era un chiste al lado de la US Navy-. Lo que aterraba a la élite era que la URSS se quedara con Manchuria y Corea sin disparar un tiro en el frente principal. Con el ejército de Kwantung despedazado en una semana, Japón perdía su última moneda de cambio territorial. Para el emperador Hirohito, eso era peor que una bomba.
La segunda bomba, un mensaje para Stalin
Otro filón del análisis apunta a que Nagasaki no fue una necesidad militar, sino una exhibición para Moscú. Truman quería que Stalin viera el juguete nuevo antes de la partida de posguerra en Europa. El mensaje no era para Japón, ya derrotado, sino para la URSS.
El argumento de que EE.UU. pudo conquistar Rusia y China con dos bombas es pura ciencia ficción de sofá. Solo existían tres, y una se había gastado en el test Trinity. La bomba era un arma de terror, no de ocupación.
Aquí está el dato que descoloca: en el raid de Tokio del 9 de marzo de 1945 murieron más personas que en Hiroshima, y sin embargo nadie recuerda ese día. La memoria histórica ha consagrado la bomba atómica como el único horror, cuando el verdadero pánico japonés tenía nombre propio: Stalin.