El 94% de las empresas españolas tiene menos de dos empleados: la jornada de 35 horas divide el análisis
El 94% de las empresas españolas tiene menos de dos empleados. La cifra, que en 2017 se situaba en el 80%, desmonta la imagen de un tejido productivo dominado por grandes corporaciones y sitúa el debate sobre la reducción de la jornada laboral en un terreno incómodo: el de la microempresa que no cotiza en el IBEX 35. La ministra de Trabajo sostiene que se puede rebajar la jornada sin tocar el sueldo. Para la mayoría de ese 94%, menos horas abiertas significan menos ingresos. La ecuación, según el planteamiento inicial, solo admite dos salidas: cierre o subida de precios.
Qué implica que el 94% de las empresas tenga menos de dos empleados
El dato no es un matiz estadístico. Es la estructura sobre la que se pretende aplicar una medida pensada, en teoría, para grandes plantillas. En 2017 el porcentaje de empresas con menos de dos trabajadores era del 80%. Hoy, según los datos que maneja el sector, alcanza el 94%. La conversación arranca con esa corrección al alza y con una pregunta que sobrevuela todo el análisis: ¿cómo se reduce la jornada en un negocio donde el dueño es el único empleado?
La respuesta oficial es que el sueldo no se toca. La respuesta económica es que alguien tiene que pagar la diferencia. Si la empresa no puede, cierra. Si puede pero no quiere perder margen, sube precios. No hay una tercera vía que no pase por productividad, y la productividad no se decreta.
El precedente de las 40 horas y el argumento europeo
La objeción más repetida es que esto ya se vivió con la bajada a 40 horas. Entonces se dijo que sería el fin. No lo fue. El argumento europeo también aparece: Francia tiene 35 horas, Suiza 42, la Europa central se mantiene en 40. La comparación no es limpia porque los modelos de contratación y los costes laborales difieren, pero sirve para recordar que España no inventa nada.
El contraargumento es igual de sólido: Francia no es un ejemplo de éxito y se plantea volver a las 40. Suiza, con 42 horas, tiene una productividad que España no alcanza. La jornada reducida funciona donde la productividad la sostiene. En España, la media ya está en 38 horas y pico sin reforma legal, lo que sugiere que el margen existe pero no es infinito.
Productividad frente a presencialismo: el cálculo que nadie desglosa
El núcleo del desacuerdo no es cuántas horas, sino qué se hace con ellas. Hay quien sostiene que la productividad en España es alta y que el problema es que se paga la mitad que en Alemania. Si eso es cierto, reducir jornada sin bajar sueldo es simplemente nivelar hacia arriba. El cálculo completo, desglosado partida a partida, da una diferencia que sorprende a quien lo lee con atención.
La otra corriente apunta al presencialismo: jefes que miden horas, no resultados. En sectores con tiempos muertos estructurales —guardias, esperas, turnos partidos—, recortar la jornada no reduce la producción, solo el tiempo de calentar silla. El problema es que ese diagnóstico no es universal. En una microempresa de dos personas, cada hora cuenta de verdad.
Quién paga la factura: precios, cierres o más funcionarios
La consecuencia más repetida es la subida de precios. Menos horas abiertas, mismos costes fijos, margen que se estrecha. El ajuste se traslada al cliente. La inflación de los últimos años ya ha hecho ese trabajo sin necesidad de reforma. Si además se reduce la jornada, el efecto se acumula.
La segunda consecuencia es el cierre. No de Inditex, sino de la panadería, el taller o el bar que no puede contratar a un tercero para cubrir el hueco. La tercera es el empleo público: más funcionarios para cubrir lo que el sector privado no absorbe. Es una salida, pero no gratis.
El debate sobre los salarios y la productividad
La discusión deriva hacia una cuestión más amplia: si los salarios dependen de la productividad, reducir horas sin reducir sueldo es empobrecer por decreto. La respuesta es que la productividad ha subido durante décadas sin que los salarios la siguieran. La redistribución, en ese marco, no es un capricho.
El punto muerto es real. Unos ven la medida como una conquista social pendiente. Otros, como un experimento que se paga con empleo. Y en medio, un tejido productivo que en su inmensa mayoría no tiene plantilla para absorber el cambio.
¿Cuánto tiempo puede sostenerse una medida que ignora cómo funciona el 94% del tejido empresarial?