La frase de Irena Montera sobre Ceuta que reabre la herida racial
Varias decenas de personas saltan la valla de Ceuta en plena madrugada. Las imágenes dan la vuelta al mundo y los titulares hablan de “invasión”. Unos meses antes, miles de ucranianos llegaban a España y la palabra era “acogida”. Irena Montera lo ha verbalizado en una frase que ya no tiene vuelta atrás: “Si los que hubieran invadido Ceuta fuesen personas blancas, no habría pasado nada”.
La declaración, recogida en un vídeo sin cortar, ha reabierto un debate incómodo para el discurso oficial: el mismo hecho —cruzar una frontera sin permiso— se narra de forma radicalmente distinta según el origen de quien lo protagoniza.
El contexto: Ceuta como termómetro de la hipocresía europea
La afirmación llega en plena crisis de presión migratoria en el Mediterráneo occidental. La comparación con la acogida a los refugiados ucranianos es inmediata y se apoya en cifras: 350.000 ucranianos fueron recibidos con brazos abiertos, mientras los intentos de entrada desde África se describen con un lenguaje de guerra. La diferencia no está solo en los números, sino en el vocabulario: nadie habló de “invasión” cuando llegaron los europeos del Este.
Inmigración sí, pero según el color
El núcleo de la polémica es la doble vara con la que se mide a las personas migrantes. La frase de Montera apunta directamente a esa contradicción: lo que para unos es solidaridad, para otros es amenaza. En el lado opuesto, hay quien sostiene que la afirmación es una provocación irresponsable que banaliza el cruce ilegal y, además, incurre en la misma generalización que denuncia: hablar de “personas blancas” como bloque homogéneo no es más que esencia impura del racismo que dice combatir.
Los datos que crujen en el debate
Tras la bronca política aparecen cifras que algunos prefieren esquivar. En la península residen más de un millón de personas procedentes del norte de África, según los cálculos que circulan en la conversación pública. Frente a ello, la acogida de ucranianos se cuenta por centenares de miles y con un discurso mucho más cálido. La pregunta incómoda es si ese trato diferencial responde a la proximidad cultural, al contexto geopolítico o, directamente, al color de la piel.
La provocación como estrategia
Algunas voces consideran que la dirigente no busca un debate serio, sino incendiar el espacio público para mantenerse en el foco. Su formación ha hecho de la denuncia del racismo estructural su seña de identidad, pero a costa de polarizar y simplificar en exceso. El resultado es que la atención se desvía del problema real: por qué miles de personas arriesgan la vida para llegar a Europa y por qué Europa responde solo con muros y devoluciones.
La ironía ha tomado el relevo. Los comentarios más ácidos proponen que Montera empiece acogiendo en su propia finca a algunos de esos migrantes a los que defiende, en lugar de limitarse a formular frases brillantes. Nadie, por ahora, ha confirmado que vaya a hacerlo. El dato descoloca justamente por eso: a veces el mejor termómetro de un discurso sobre la acogida es la distancia entre las palabras y los hechos.