Irán y la teoría criptojudía de la Casa Saud: el ruido que oculta la geopolítica
Que Irán acuse a la familia real saudí de ser criptojudía es, en el fondo, menos sorprendente que la normalidad con la que se recibe. El relato lleva años dando vueltas: el wahabismo como doctrina, el terrorismo como herramienta y una supuesta afinidad secreta con Israel que explicaría décadas de colaboración táctica. La paradoja es que la propia Irán ha tenido trato con el Estado hebreo: durante la guerra contra Irak, los ayatolás no le hicieron ascos a Israel, según recuerdan los análisis más incómodos para el relato oficial de Teherán.
Hay quien piensa que todo esto es teatro. Si una afirmación geopolítica se hace pública, el reflejo correcto sería sospechar lo contrario: quizá Irán lanza estas historias precisamente para que la opinión pública mire hacia la identidad religiosa y no hacia los intereses petroleros, las rutas de armamento y la pugna por la hegemonía regional. La prueba de la elasticidad del relato está en el intento de colgarle el mismo origen judío a Mustafa Kemal Atatürk, nacido en una Tesalónica con fuerte comunidad judía: con ese esquema, cualquier enemigo acaba siendo judío, incluidos los propios acusadores.
La sátira del asunto es que, llevado al extremo, el método no deja fuera a nadie: ni a Hitler, ni a los budistas, ni a los yanomamis. Si hasta el propio acusador puede ser judío sin saberlo, la teoría no explica nada: solo proyecta demonios. Mientras tanto, Arabia Saudí e Israel comparten un enemigo común, y eso sí se ve con datos, no con conspiraciones. ¿Merece la pena preguntarse cuánto duraría la alianza antiiraní si la Casa Saud fuera, efectivamente, lo que Irán insinúa?
La pregunta que queda flotando es la de siempre: si la identidad de la familia real fuese la clave del tablero, ¿dónde quedarían la seguridad regional, el petróleo y el armamento? Quizá el ruido identitario sirva precisamente para no tener que responder.