Por qué una ojiva nuclear de hace 40 años puede seguir operativa
Un misil balístico se dispara una sola vez y nunca vuelve a casa. Un caza se repara tantas veces como haga falta. Una ojiva nuclear, en cambio, se guarda durante décadas en un silo y se espera que responda el día que alguien gire la llave. La pregunta que viene circulando —si un arma atómica fabricada hace más de cuarenta años sigue siendo operativa— admite una respuesta corta y una larga. La corta: depende de qué parte de la bomba se mire. La larga ocupa todo lo demás.
Lo primero es separar los relojes. Una ojiva no es un objeto con una fecha de caducidad estampada en la carcasa, sino un conjunto de materiales, cada uno con su propia cuenta atrás.
El tritio caduca en 12 años; el plutonio aguanta 24.000
El componente más citado al hablar de caducidad es el
tritio, empleado como detonador. Su vida media ronda los
12 años. Pasado ese plazo no es que quede a medio gas: si se necesita una masa mínima, una cantidad insuficiente es sencillamente insuficiente. Ahora bien, no todo el arsenal lleva tritio dentro. Las bombas de hidrógeno pueden fabricarse con un compuesto de
litio que no caduca: al accionarse el fusible, los neutrones generados producen el tritio sobre la marcha, en la cantidad que resulte necesaria.
En el otro extremo está el
plutonio-239, con una vida media de unos
24.000 años, y las cabezas tácticas que se detonan con explosivo convencional. Las estimaciones que se manejan sitúan la vida útil de una bomba nuclear entre
50 y 80 años. Eso no significa que a los setenta esté lista para su uso: los núcleos radiactivos acumulan isótopos que alteran la criticidad y exigen reprocesado, y las piezas no nucleares se vuelven ellas mismas radiactivas por el bombardeo de neutrones. La radiación no degrada solo los átomos. También los metales que los rodean.
¿Se mantiene una bomba nuclear como se mantiene un coche?
El símil mecánico recorre el asunto entero. Un sistema complejo exige mantenimiento constante, y cuanto más complejo, más mantenimiento. El ejemplo que se pone sobre la mesa no es abstracto: tras años de gestión deficiente y sanciones severas, el metro de Caracas quedó al borde del colapso en menos de seis años, con patios como el de Las Adjuntas llenos de
más de 40 trenes fuera de servicio, esperas superiores a los 20 minutos por unidad y convoyes pudriéndose al sol. Si eso le pasa a un suburbano, la pregunta se escribe sola.
La réplica es que cualquier máquina, con el mantenimiento adecuado, puede durar indefinidamente. La obsolescencia realmente grave no sería la física, sino la económica: veinte años después de su fabricación no queda ni un remache del original, pero el cacharro funciona. En esa línea hay quien resume la logística del armamento con sorna: se le da una mano de pintura, se le añade una letra a la carcasa y a ver qué pasa.
El accidente de una prueba en 2019 y el argumento de la incompetencia
En
2019, una prueba con material nuclear en Rusia acabó con científicos muertos y con personal sanitario temiendo tratar a los pacientes radiactivos, según lo publicado entonces por la BBC. Para una parte del análisis, eso lo resume todo: si falla un ensayo, qué no fallará un lanzamiento real. La conclusión que extraen es que buena parte del arsenal sería propaganda antes que capacidad.
Frente a eso pesa un argumento simple. Un país que mantiene en marcha centrales nucleares civiles tiene la capacidad técnica y los cuadros formados para sostener su arsenal. Los años inmediatamente posteriores al hundimiento soviético fueron de miseria absoluta, y ahí el mantenimiento se resintió con seguridad. Desde entonces ha habido tiempo y presupuesto, siempre que la prioridad fuera esa. El cuello de botella está en la caja, no en la física.
Corea del Norte, Irán y las pruebas que nadie ve
El escepticismo sobre los programas nucleares no se limita a Moscú. Sobre
Corea del Norte se sostiene que nunca ha habido una prueba concluyente y se recuerda la declaración de Obama de que el país no tenía capacidad de equipar sus misiles con cabezas nucleares. Irán niega querer el arma pese a poder enriquecer uranio al
90%, e Israel lleva una década anunciando que está a punto de tenerla. En el aire flota otra pregunta lateral: si Estados Unidos ha recogido ya las bombas que quedaron tiradas en
Palomares.
Llama la atención que el material caducado se atribuya siempre al adversario. Los arsenales propios, en cambio, se presentan siempre listos.
La aritmética de que baste una de cada veinte
Aquí aparece el cálculo más incómodo de todos. Si de veinte ojivas almacenadas funcionase una sola, la
disuasión seguiría en pie, porque una sola llega. Basta con que dos o tres impacten en su destino; el resto del inventario puede quedarse sin modernizar. El corolario es el que nadie firma: esa misma lógica implica apretar el botón sin saber si el artilugio responderá, y con el riesgo añadido de que reventase en el propio proceso de lanzamiento.
Nadie ha publicado un inventario verificado de ojivas operativas, y el asunto no se cierra por vía documental. Lo único que se puede fechar con precisión es la química:
12 años de tritio,
24.000 de plutonio, medio siglo largo de carcasa. Entre esa certeza y la llave del silo queda un hueco que ninguna tabla de laboratorio cubre. Abrir la puerta es la única prueba que vale. Y eso nadie lo hace.