Doble rasero policial: porra para la estelada, tolerancia con el agresor
¿Por qué un joven con una estelada acaba molido a porrazos mientras quienes agreden a la policía campan a sus anchas? Esa es la pregunta que recorre el debate público tras el incidente del que la fuerza pública parece salir sin una sola explicación coherente. La escena, según el relato que circula, retrata a un agente que golpea a un ciudadano por portar una bandera independentista y a la misma institución que no se atreve a toser a quien le ataca. La conclusión, amarga: la ley se aplica con arreglo a la identidad del sospechoso.
Ninguna autoridad parece al corriente de lo que ocurre
Lo que indigna no es solo el porrazo; es la ausencia de una disculpa pública, el silencio del Ministerio del Interior, y la sospecha de que ciertos colectivos gozan de un salvoconducto. La versión oficial, si existe, no ha llegado. En su lugar, crece la impresión de que la policía cumple órdenes que no se discuten, incluso cuando estas delatan una querencia política. La referencia a las calladas sumisiones de hace décadas ya no parece tan lejana: el agente no pregunta, obedece, y eso, en un estado que se dice de derecho, es un problema de enjundia.
Impuestos, defensa y credibilidad del Estado
Aquí entra la economía. El contribuyente no paga impuestos para que la fuerza pública reparta estopa selectivamente, sino para que se haga cumplir la ley igual para todos. Cuando la balanza se inclina, la confianza en las instituciones se desploma y con ella la disposición a cumplir con Hacienda. Dicho sin rodeos: si el Estado no te protege a ti pero protege a otros, la rebelión fiscal deja de ser una broma para convertirse en una estrategia racional.
Mientras tanto, el ciudadano de a pie reduce la cuestión a una escena: la estelada mereció una carga, el agresor una buena dosis de comprensión. Y uno se pregunta si el próximo que pague impuestos tendrá derecho a elegir qué bandera protege su dinero.