Isaac Moreno Gallo: el ingeniero que desmonta el relato romano
¿Cuántas de las obras que los carteles turísticos venden como romanas lo son de verdad? Esa es la pregunta que sobrevuela cada vídeo de Isaac Moreno Gallo, ingeniero de formación y divulgador de vocación, al que buena parte del público conoció primero en los documentales de La 2 sobre ingeniería hidráulica romana y que después ha construido en YouTube un catálogo de piezas sobre topografía, acueductos, calzadas y presas que se devoran en una sentada. El material no es nuevo —acumula años y congresos a la espalda, incluido el VII Congreso Internacional de Ingeniería Romana celebrado en Zaragoza—, pero la conversación que genera sigue viva y cada vez más incómoda para el gremio.
Su tesis central es incómoda: una parte relevante del catálogo oficial de obra pública romana en España está mal atribuida, y no por mala fe, sino por pereza académica. El caso más citado es el de la supuesta calzada del puerto de El Pico, cuya documentación en el archivo histórico de Ávila la sitúa en 1819, bajo Fernando VII. El puente de Talavera, etiquetado durante décadas como romano, se ha derrumbado. Y la que se presentaba como la presa más larga del imperio, según su análisis, ni es romana ni es exactamente una presa.
El negocio del error: cuántas calzadas romanas no lo son
Aquí empieza la pelea. Hay quien sostiene que apenas un 15% de las calzadas catalogadas oficialmente como romanas lo son en realidad, una cifra que se lanza sin respaldo documental y que el propio Moreno Gallo nunca ha formulado en esos términos. En contra pesa un argumento elemental: no todos los caminos romanos eran calzadas enlosadas con terraplén, de modo que la ausencia de empedrado no invalida la atribución. La discusión, por tanto, se mueve entre la denuncia legítima de errores concretos y la tentación de convertir el error en sistema.
Lo que sí está documentado hasta la náusea es el uso masivo de mano de obra esclava en minas, canteras y obra pública. Los distritos mineros imperiales funcionaban como enclaves explotados bajo control militar, y la damnatio ad metalla aparece en las fuentes con una insistencia que hace difícil sostener que la esclavitud fuera un mito cinematográfico. Moreno Gallo matiza: las obras civiles de alta precisión exigían especialistas cualificados y bien pagados, y el cine anglosajón ha construido una imagen caricaturesca del trabajo antiguo. Las dos cosas pueden ser verdad a la vez, y ese es justo el matiz que se pierde en la trinchera.
Recópolis, los visigodos y el problema de la cronología
El segundo frente abierto es la arquitectura visigoda. Hay quien defiende que buena parte del catálogo atribuido a los visigodos es en realidad andalusí o incluso del siglo XI, y que la arqueología acumulada —moneda visigoda, ausencia de estratos andalusíes, estilos artísticos seriados y fechados— no sostiene esa revisión. Recópolis es un despoblado con restos genuinamente visigodos, no andalusíes, y las iglesias puestas en duda no aparecen en contextos urbanos con superposición de capas que pudieran confundir al investigador.
La crítica de fondo no es menor: cuando un ingeniero se adentra en cronologías históricas sin el aparato documental del oficio, el resultado puede ser tan valioso como temerario. Un arqueólogo veterano consultado al respecto señala que Moreno Gallo expone conclusiones investigadas por otros sin citar la fuente original, y que en algún congreso ha defendido tesis que no comparte. No es un ataque personal: es la vieja tensión entre el experto técnico que ve lo que el académico no ve y el académico que exige el método que el técnico no siempre aplica.
Las Médulas y el teodolito imposible
Donde el consenso se rompe del todo es en la tecnología. La descripción de Las Médulas que maneja el divulgador habla de 800 kilómetros de canales, con el tramo más largo recorriendo 154 kilómetros y trasvases entre las cuencas del Duero y el Miño. Es una cifra que deja pequeño cualquier acueducto urbano y que explica por qué la ruina montium sigue fascinando. La objeción llega por otro lado: sostener que los romanos disponían de instrumentos de medición casi idénticos a los teodolitos mecánicos que no aparecen hasta los siglos XVI y XVII es, para buena parte del gremio, una hipótesis sin prueba válida. La tecnología romana era formidable, pero de ahí a inventar el instrumental moderno hay un trecho.
La paradoja es deliciosa: un ingeniero que corrige a los historiadores en su propio terreno y a quien los historiadores corrigen en el suyo. Cada vídeo nuevo reabre la misma pregunta incómoda, y cada respuesta deja el marcador donde estaba. El puente de Talavera, mientras tanto, sigue en el suelo.