ProbeMiguel
Madmaxista
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Igual se olvidó decir que…
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Un incentivo de empresa puede morir por su propio éxito cuando se comparte entre grupos que no se sienten parte del mismo equipo. La empresa acabó retirándolo.
La historia es sencilla. Una empresa compra otra en 2007. Para ahorrar costes, junta a las dos plantillas en las mismas oficinas. Los recién llegados venían de un sitio sin tiendas ni cafeterías cerca, así que la empresa les daba cada mes yogures, galletas y demás para el desayuno. Todo iba bien mientras cada grupo tenía lo suyo.
Al fusionar sedes, el beneficio de una plantilla pasó a estar disponible para la otra. Al principio nadie tocaba lo ajeno, pero la convivencia se torció cuando el jefe empezó a aplicar recortes y la oficina se llenó de gente nueva. Lo que era un detalle se convirtió en botín.
La empresa reaccionó doblando la cantidad de productos. No sirvió. Lo que antes duraba un mes desaparecía en un par de días. Cuando el consumo supera cualquier previsión, el incentivo deja de ser un premio y se convierte en un gasto sin fondo.
Ante la imposibilidad de controlar el consumo, la dirección cortó el beneficio. No hay datos de cuánto costaba ni de cuántos empleados había. Solo la certeza de que un incentivo mal diseñado acaba muriendo por asfixia.
Si esto te suena a tu oficina, ojo: las políticas de beneficios compartidos necesitan reglas claras o se las come el primero que llega con hambre.
Igual se olvidó decir que…