Una foto de Donbás usada como Kiev: la propaganda, bajo la lupa
¿Cuántas de las imágenes que sostienen el relato de la guerra en Ucrania aguantarían una verificación mínima? La pregunta no es académica: en las fechas que rodean al inicio del conflicto,
un mismo edificio dañado apareció en televisiones españolas presentado como consecuencia de un bombardeo ruso sobre Kiev, mientras otras referencias situaban esa fotografía en el
Donbás y con una antigüedad de varios años. Esa sospecha de reutilización convive con una tesis mucho más incómoda: la de que el Estado ucraniano respondería a una estrategia de
«nazificación» que justificaría la intervención militar rusa. Las dos cosas se sostienen o se caen en el mismo terreno, el de las pruebas.
¿Qué significa la «nazificación» de Ucrania que invoca Moscú?
La tesis que circula en los círculos prorrusos no habla de un fenómeno marginal, sino de una
estrategia sociológica diseñada para romper el vínculo histórico de una población ligada a Rusia durante siglos. Según ese marco, el Gobierno ucraniano procedería de un golpe de Estado y de una revolución de colores financiada desde el exterior, con la banca de inversión estadounidense y los grandes centros financieros en el punto de mira. Es una acusación recurrente y difícil de demostrar en su conjunto, pero funciona como encuadre: si el adversario es un régimen capturado por el extremismo, la intervención deja de ser una invasión y pasa a ser una limpieza.
De ahí salta el argumento geopolítico: la
OTAN habría instalado en Ucrania una plataforma con misiles a menos de
tres minutos de las principales ciudades rusas. El paralelismo que se esgrime es el de Estados Unidos con Cuba.
Nada es lo que parece, resume la corriente que sostiene que las ideologías de superficie son una fachada y que lo relevante está siempre detrás.
El batallón Azov: 70 dólares al mes y un oligarca de por medio
El anclaje empírico de toda la tesis es una unidad paramilitar de extrema derecha, el batallón Azov, a la que se atribuye simbología neonazi y que lleva años operando en el este del país. Sus miembros y sus símbolos protagonizan buena parte del material gráfico que se difunde como prueba. Sobre su financiación, la referencia más repetida apunta al Ministerio del Interior ucraniano y al oligarca del sector eléctrico
Igor Kolomoisky.
Los propios números matizan el relato: a los voluntarios del batallón se les atribuye un pago de
70 dólares al mes, lo que encaja mal con la etiqueta de mercenarios bien pagados. En febrero de 2015, además,
Facebook eliminó la página de la unidad, un episodio que se cita como muestra de la doble vara de medir de las plataformas occidentales.
Las imágenes reutilizadas: de Donbás a Kiev
El caso más citado es un edificio en ruinas. La fotografía circuló con un pie explícito — «Consecuencias de un bombardeo nocturno en una zona residencial de Kiev, a
25 de febrero de 2022» — y, a la vez, fue identificada por otras partes como una imagen datada al menos en
febrero de 2015. El mismo material apareció en informativos de televisión sin que nadie preguntara por su origen. La comparación que se hace es la de las imágenes de la pandemia en India, que resultaron ser de una explosión de gas.
No es un fenómeno nuevo, pero sí más rápido. Antes, cuando un periodista publicaba una foto así sin confirmar, se le caía la carrera; ahora la foto se comparte primero y se rectifica, si acaso, después. Las imágenes de una misma mujer herida circulan por portadas británicas y alemanas como víctima de los ataques rusos mientras otra parte sostiene que su caso corresponde a años de ataques en el Donbás.
Quien afirma lo segundo no ha aportado todavía la prueba, y esa ausencia es, en sí misma, el dato.
¿Cuántos ucranianos son neonazis?
Aquí el argumento se rompe por la aritmética. Ucrania tiene unos
50 millones de habitantes y el batallón que se usa como prueba es una fuerza de miles de personas. Convertir un grupo armado en la descripción de un país entero es un salto que ni la propaganda necesita: basta con que la etiqueta funcione como titular. La contrarréplica más repetida es que grupos ultras existen también en España y que nadie propone bombardear Madrid por ello.
Los ocho años de Donbás que no llegaron a los medios
La parte menos discutida es la más difícil de comprobar. Desde 2014 hay una guerra de baja intensidad en el Donbás con bombardeos sobre zonas civiles, y la queja constante es que Occidente apenas la cubrió mientras el conflicto no afectaba a sus intereses. Los
ocho años de ataques figuran como dato central en el relato prorruso; el contraargumento es que la falta de cobertura no convierte en cierta cualquier versión posterior. Sin verificación sobre el terreno, la cifra queda en el aire.
Al final, la batalla por Ucrania se libra también en el banco de imágenes.
Verificar cuesta veinte minutos; copiar, dos. Y el mercado de la verdad, como todos, acaba asignando por precio.