Iker Jiménez defiende la meritocracia y enciende el avispero
El presentador de Cuarto Milenio, Iker Jiménez, ha salido al paso de lo que considera un mensaje derrotista que se está vendiendo a los jóvenes: que en España, por mucho que uno se esfuerce y haga méritos, no va a progresar ni a ver recompensado su trabajo. Según su reflexión, recogida en el mensaje que abre este análisis, el triunfo estaría reservado a los hijos del empresario rico, del político o del enchufado de turno. Jiménez sostiene que ese relato es falso y que él mismo es la prueba: ha llegado donde está porque ha trabajado, se ha esforzado y ha querido llegar. Incluso asegura que ha echado horas hasta en su luna de miel. El presentador acusa a los politólogos de engañar a los jóvenes con esa cantinela y sentencia con sorna que «los rólex no se pagan solos».
La afirmación ha caído como una bomba en un foro donde la meritocracia se discute con más pasión que datos. Unos le dan la razón a medias: España es un país donde el ascensor social funciona mal, pero de ahí a decir que no existe hay un trecho. Otros directamente le acusan de hipócrita: su padre era propietario de una galería de arte, lo que, sostienen, no es precisamente haber salido de la nada. Y un tercer grupo, más socarrón, aprovecha para recordar que el presentador lleva dos décadas vendiendo misterios, vacunas y pandemias en televisión, lo que consideran un ejemplo de éxito basado en el humo y no en el mérito.
¿Es España un país donde el esfuerzo no se recompensa?
La respuesta que da una parte del análisis es que la probabilidad de sacarle rédito al mérito en España es «muy improbable respecto casi a cualquier país de Occidente». El argumento se apoya en una comparación con Estados Unidos, donde, se dice, quedan «atisbos de meritocracia» y el emprendimiento es consustancial a la sociedad. España, en cambio, tendría como salida emigrar a Latinoamérica. Es una visión pesimista, pero no aislada: otro mensaje sostiene que la meritocracia no existe en prácticamente ningún lado, ni aquí ni fuera, y que lo que realmente pesa son los contactos, el dinero previo y la clase social de origen.
Frente a esa corriente, hay quien defiende que el problema no es que el mérito no cuente, sino que la percepción de la propia valía está inflada. «El problema real es la equivocada percepción que tenéis de vuestra valía, que os pensáis que sois la hostia y que tenéis derecho a todo, y realmente sois medio lelos y unos incompetentes», resume un mensaje. La discusión deriva entonces hacia el papel de las ayudas públicas: si una persona cobra lo mismo en prestaciones que trabajando ocho horas, se argumenta, muchos se plantean si no están haciendo el gilipollas esforzándose.
El ascensor social, del garaje al enchufe
La trayectoria de Iker Jiménez se convierte en el campo de batalla. Un mensaje recuerda que su padre era propietario de una galería de arte, un detalle que, para quien lo escribe, desmonta la épica del esfuerzo personal. «Igualito que mi padre carpintero», ironiza. La comparación con otros casos de éxito se extiende a políticos y empresarios que, según varios mensajes, empezaron «en un garaje» pero contaban con padrinos, familiares colocados o financiación privilegiada. La pregunta que sobrevuela es si el talento basta cuando el capital familiar y el nepotismo de cuna juegan en contra.
El propio presentador es acusado de haber enchufado a su mujer como copresentadora, lo que para algunos invalida su discurso meritocrático. «¿Eso es la meritocracia?», se pregunta un mensaje. La crítica no se limita a él: se extiende a los políticos que colocan a hermanos y esposas, y a los jueces elegidos por los partidos. La conclusión que se repite es que en España el que triunfa es «un hijoputa» y el que trabaja «un maricón», una expresión que resume el cinismo de una parte del debate.
De los años 60 a hoy: por qué antes se podía montar un negocio
Un análisis retrospectivo sostiene que en los años 60, 70 y 80 cualquiera con cabeza y un bachillerato o FP podía montar un negocio pequeño y prosperar. La economía estaba en expansión, la competencia era local, los impuestos eran «testimoniales» y no había que presentar proyectos de miles de euros para poner un baño en la nave. Hoy, en cambio, para cualquier trámite se pide «la biblia en verso», la carga impositiva es brutal y las licencias y certificados ahogan al autónomo. Ese cambio estructural explicaría por qué muchos jóvenes optan por opositar en lugar de emprender.
El diagnóstico se refuerza con la experiencia de quienes se sobreesfuerzan sin ver recompensa proporcionada. «Salen adelante, pero la cuestión es si ese sobreesfuerzo compensa solo vivir un poco mejor», se lamenta un mensaje. La pregunta implícita es si el sistema actual premia el talento o simplemente la resistencia. Y la respuesta que se desliza es que, en muchos casos, el que trabaja por cuenta ajena se queda estancado mientras el que tiene contactos asciende.
El éxito como estafa: la sombra de la televisión y el humo
La figura de Iker Jiménez arrastra otra acusación: la de haber triunfado vendiendo misterios, esoterismo y teorías sobre vacunas y pandemias. «Lleva 20 años vendiendo humo con esoterismos y misterios de mierda», dice un mensaje que resume una corriente de opinión. Para esta corriente, el presentador es un ejemplo de éxito basado en la trampa, no en el mérito, y su defensa de la meritocracia suena a justificación interesada. La comparación con Jiménez del Oso, psiquiatra y presentador de otra época, sirve para desacreditar al actual: «era otro nivel de investigación abierto a la duda», mientras que el de Cuarto Milenio solo busca sensacionalismo.
La discusión deriva hacia el papel de los medios y las redes sociales en la transmisión de valores. «Abres cualquier red social, pones la televisión, y eso es lo que transmiten en vena», se queja un mensaje que considera que el país está moralmente podrido y que el éxito se mide en ser un enchufado, un jeta o un estafador. La meritocracia, en ese relato, sería una excepción, no la norma.
El dato que descoloca no es si Iker Jiménez trabajó mucho o poco. Es que, después de 159 respuestas, nadie ha aportado una cifra que demuestre que el ascensor social funciona mejor hoy que hace cuarenta años. Ni que funcione peor. La discusión sigue donde empezó: en la anécdota personal y en la sospecha.