Identitas: cuando la patria se separa del aparato del Estado
El Estado-nación no tiene dos siglos. El concepto que hoy parece consustancial a la identidad de un pueblo —frontera, carné, administración— se fecha en los albores del siglo XIX, mientras que la lengua, la costumbre y la tierra de los padres son anteriores a cualquier ministerio. Esa paradoja articula el debate abierto en torno a «Identitas, patria y nación», la obra del autor Eugenio Gil, y ha reabierto una pregunta incómoda: ¿quién se quedó con el nombre de la patria? El diagnóstico que se repite es el de una disonancia cognitiva masiva, la de haber aceptado que el aparato del Estado es lo mismo que la herencia, la tierra y la lengua.
Qué diferencia hay entre nación y patria
La distinción que sostiene esta corriente bebe del Derecho Natural y de la lectura de Santo Tomás de Aquino. La Nación —el nacimiento, la lengua, la costumbre— y la Patria —la tierra de los padres, el legado espiritual— se describen como realidades orgánicas, complejas y espontáneas, que nacen de abajo hacia arriba. El Estado, en cambio, aparece como ingeniería social: un artefacto obsesionado con el poder y el control de arriba hacia abajo. Al fundirse ambos en lo que esta lectura llama el monstruo del Estado-nación, el aparato burocrático habría secuestrado la identidad para legitimarse. En el caso español, se sostiene, la disociación entre Estado y nación-patria sería absoluta. Hay quien rebate que la derecha usa igualmente la idea de nación para engrandecer al Estado, y que el patriotismo es un vicio más, no una virtud cívica.
El Estado-nación como ingeniería del siglo XIX
Una parte del análisis sitúa el esquema moderno de Estado-nación a principios del siglo XIX y lo emparenta con la Revolución Francesa, describiéndolo como diseño de laboratorio y no como estructura nacida para proteger a la nación real: gente, cultura, idioma y tradición. Francia sería el ejemplo canónico de un país que habría laminado sus naciones internas invocando una identidad oficial. La tesis se extiende fuera de las fronteras. Se argumenta que hay fuerzas políticas que destruyen su propio Estado-nación desde dentro cediendo soberanía a estructuras superiores para blindar su poder; que las izquierdas occidentales y no occidentales se coordinan desde hace décadas en espacios transnacionales, aprobando leyes de ingeniería social casi idénticas en Madrid, París o Buenos Aires; y que las derechas empiezan a copiar el patrón. Los ejemplos que se citan son la Unión Europea, la Unión Soviética y el Foro de São Paulo. La interpretación que gana enteros evita el relato del plan secreto: sería una convergencia evolutiva de incentivos, no una conspiración coordinada en una base oculta.
Ortega, Santayana y el sueño de una Europa sin fecha
Hay una curiosidad histórica que recorre la discusión. George Santayana (Jorge Ruiz de Santayana), nacido en Madrid en 1863 y trasladado a Boston con ocho años sin saber inglés, leyó La rebelión de las masas entre 1939 y 1940 y anotó al margen el capítulo en el que Ortega y Gasset anunciaba que Europa podía convertirse en idea nacional. Su pregunta fue demoledora: ¿sin Inglaterra o con ella?, ¿sin Estados Unidos?, ¿con Rusia? Su lectura de Ortega no tenía piedad: quería ser inglés, francés y alemán sin dejar de ser español, pero lo internacional no es otra nacionalidad, sino algo espiritual o material común a todos. Santayana, ateo que daba gran importancia a la religión, dejó otro enigma al final: en la primavera de 1951 todavía no tenía decidido dónde ni cómo ser enterrado. Descartó la incineración y no quiso volver a Estados Unidos.
Madrid como capital de las Españas frente a la identidad local
Aquí el asunto deja la metafísica y baja al barrio. Frente a quienes reivindican la comunidad hispanohablante como un activo —España no serían 30 millones en un mundo de 9.000, y apurando la cifra se llegaría a 700 millones, cerca de 1.000 sumando portugueses—, otra corriente vive esa misma expansión como sustitución de la identidad local, con Madrid convertida en capital de esa comunidad. La discusión derivó en un intercambio áspero sobre qué es exactamente la antiespaña, y en él afloraron tanto la defensa del mestizaje cultural como el rechazo frontal a él. Conviene decirlo con claridad: la homogeneidad de un barrio no es un argumento demográfico, y la demografía no es una identidad. Pero eso nadie lo discutió.
La pregunta que queda abierta
De la patria se dice que es el refugio de los canallas, pero también de los bebés que nacen, de los niños que crecen y, sobre todo, de los apátridas. Otros la describen como una cárcel: así se organizan los hombres, en cárceles, porque fuera hace mucho frío. Se trata solo de que la cárcel no lo parezca. Con esas dos imágenes en la mano, ¿cuánto de la comunidad imaginada de cientos de millones es proyecto y cuánto simple demografía mal contada? La respuesta, como el entierro de Santayana, sigue sin estar escrita.