Cinco minutos de sartén y sin horno: la cocina de la prisa
Cocinar rápido no es cocinar menos: es fregar menos. Esa conclusión se impone sola al repasar las fórmulas que se intercambian quienes comen en casa casi todos los días y no quieren pagar dos horas entre fogones por un plato de lunes. El arranque de la conversación era modesto —reunir ideas de primeros platos, porque los segundos, un filete, una rodaja de salmón, una tortilla francesa o una morcilla, se resuelven, según se sostiene en el hilo, en
menos de cinco minutos— y lo que salió después fue otra cosa: un manual de resistencia doméstica contra el reloj y contra la bayeta.
¿Cuánto se tarda de verdad en hacer una comida?
Los tiempos que se manejan son de vértigo. Un plato único completo, con pesto hecho en el robot de cocina en 30 segundos y pasta integral al dente en paralelo, sale en
10 minutos. Unas judías verdes con patatas y ajo, aliñadas con aceite y vinagre, se despachan en 15. Y una ensalada de garbanzos con bonito, pimiento del piquillo, cebolleta y alcaparras se monta en seis minutos; tres, si uno se ahorra el huevo duro.
- Tortilla francesa, filete o rodaja de salmón: menos de 5 minutos.
- Ensalada de garbanzos y bonito, sin huevo: 3 minutos.
- Pesto casero y pasta integral: 10 minutos.
- Lentejas en olla rápida: 14 minutos de cocción y 5 de enfriado.
- Judías verdes con patatas y ajo: 15 minutos.
La prisa no es doctrina única. Frente a las recetas de reloj en mano hay otra corriente que apuesta por lo contrario: cocciones largas, pucheros y ollas de cocción lenta donde el guiso se pone y
se olvida. La olla rápida, además, no vive solo de guisos: pollo, carne, conejo, pescado, bizcochos, flanes y purés salen del mismo cacharro. Y un aviso que se deja caer: la pasta, con moderación, que el subidón de azúcar no es saludable, y ojo con las salsas.
El peaje que ninguna receta cuenta: la limpieza
Aquí está el punto que incomoda. De poco sirve un plato de diez minutos si después toca limpiar el horno, que se pringa con nada, o quitar la grasa de la plancha durante media hora. La cocina rápida se juzga, se sostiene, también por el trabajo de recogida. De ahí el prestigio de las preparaciones que se comen en el mismo recipiente donde se han hecho y que apenas manchan una tabla, un cuchillo y las manos.
Despensa de la prisa: tarro, lata y congelado
El recetario de urgencia se apoya en lo que ya viene hecho. Garbanzos cocidos de tarro, salteados con aceite y ajo, resuelven un plato rápido. Arroz congelado de supermercado con atún y aceitunas, otro. Los huevos cocidos comprados ya listos —en paquetes de seis— o cocidos de más en casa y guardados sin pelar en la nevera resuelven casi cualquier improvisación. A eso se suman el bonito del norte desmigado a mano, las alcaparras, los pimientos del piquillo, el humus para untar y las judías verdes congeladas, que a
un euro el kilo no admiten discusión.
Tampoco hace falta encender nada para cenar: queso curado con uvas y frutos secos, una cuña pequeña de 95 gramos de queso Old Amsterdam con panecillo y tomates cherry, endivias y zanahorias con una mezcla de queso cremoso y azul, o un sándwich de salmón con aguacate. Y un clásico que no falla: pan de molde tostado en la sartén, queso cremoso y lo que aparezca en la nevera.
Cocinar el doble para no cocinar dos veces
Otra escuela: hacer siempre ración doble para no volver a la cocina al día siguiente; guisos que mejoran de un día para otro, como unas lentejas sin sofrito; salsas que se congelan y ahorran tiempo en la siguiente ronda. Incluso las sobras se reciclan: unas lentejas del día anterior, escurridas y mezcladas con huevo batido, se cuajan como una tortilla española. Los cacharros de cocción lenta se defienden con dos argumentos: salen pucheros de muchas pelotas y permiten encadenar comidas sin sumar minutos.
La tortilla de lentejas que se llevó un premio
La receta más comentada. Olla rápida, una cucharada rasa de pimentón, aceite de oliva, un vaso de lentejas, una cebolla entera con cuatro cortes profundos y un chorizo de sarta en tajadas. Tres vasos de agua, sal, y
14 minutos desde que sale el pitorro, cinco más de enfriado. Se guarda el caldo —importante, no se tira— y las lentejas se cuajan con ocho o diez huevos como cualquier tortilla. Quien la defiende asegura que ganó un concurso de tortillas con premio a la originalidad y al sabor, y que repetir se repite.
El día que el caldo concentrado parecía turrón
Hay una anécdota que retrata mejor que nada el poder de un cubito. Alguien cuenta que, con cinco años, se subió a una silla, alcanzó la caja de pastillas de caldo que veía usar en casa, creyó que era turrón blando y se metió una entera en la boca. El horror fue tal que se cayó de la silla; desde entonces no ha vuelto a probarlo y hoy sigue esquivando esa sección del supermercado. La alternativa casera para una sopa instantánea: caldo, pan duro troceado y unas hojas de hierbabuena.
Con estos mimbres, la previsión razonable es que la olla rápida, la ración doble y el huevo cocido envasado ganen terreno en las cocinas con poco tiempo. La reserva es obvia y nadie la ha salvado todavía: mientras el criterio siga siendo no fregar, mandará la sartén antiadherente. Y sigue sin inventarse el guiso de dos horas que se limpie solo.